Buff, qué día de mierda. Otra vez corriendo de puerta en puerta, con este traje viejo que huele a sudor y derrota. Llamo al timbre de un piso cutre, pensando que me iban a echar a patadas como siempre. Abre un tío normal, con cara de mala leche, ojos cansados de la tele. ‘¿Qué coño quieres?’, gruñe. Le suelto el rollo del aspirador milagroso, pero él me mira como si fuera una plasta. Detallo su cara mientras hablo: barba de tres días, pecho ancho bajo la camiseta. Me dice que mi traje está hecho mierda, que parezco una pordiosera. Me pica, pero… joder, tiene razón. Discutimos, le suelto que no tengo ni para comer. Se queda callado, me invita a cenar. ¿En serio? ‘Chica, estoy solo y deprimido’. Entro, coño, ¿qué pierdo?
En la cocina, pelamos patatas en silencio. Le sirvo un aperitivo, bebo yo también. El aire se carga, noto su mirada en mis tetas bajo la blusa raída. Se disculpa por ser borde, me abraza. Uf, su olor… hombre, jabón y algo animal. Me rompo, lloro como una tonta en su hombro. Su piel caliente contra la mía, mi coño se moja un poco. Cenamos callados, pero la tensión crece. Me voy, pero mi coche no arranca. Vuelvo, pena total. ‘Quédate, mañana vemos’. Le digo cómo pagarle, él suelta: ‘Fácil, mi cama es una, me pagas en natura’. Me pica la piel, pero no digo ni mu. Me ducho rápido, salgo oliendo a limpio. Él entra después. Voy a su cuarto a oscuras, me meto en su cama desnuda. ‘¿Qué haces?’, dice. ‘Pagar, cabrón’. Se acuesta lejos, pero yo… no aguanto. Mi mano fría en su vientre, bajo al slip. Su polla salta, dura como piedra. Él me toca las tetas, pezones duros. Nos besamos, lenguas salvajes, gemidos. La razón se va a la mierda, solo deseo.