Confesión ardiente: Mi follada salvaje con el profe de órgano

Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó el otro día en esa colegial antigua. Hacía un calor de cojones, verano puro, y yo ahí, sudando la gota gorda en mi lección de órgano con el profe, ese Herr Karl, un tipo serio pero con ojos que te desnudan. ‘¡Medida 174, Sylvie!’, me gritaba una y otra vez, con esa voz grave que me ponía la piel de gallina.

Mis dedos volaban por los teclados, cuatro niveles de locura, y los pies… uf, los pies en el pedalier interminable. Intentaba no ralentizar, pero el sudor me chorreaba por la frente, por los ojos, y la robe ligera se me pegaba al cuerpo como una segunda piel. Sentía mis tetas apretadas contra el vestido, los pezones duros rozando la tela. Él detrás de mí, tan cerca que notaba su aliento caliente en mi nuca. ‘¡Más rápido, más expresión!’, insistía, y yo abría un poco las piernas para alcanzar los pedales bajos. El banco de madera me rozaba el coño a través de las bragas empapadas. Dios, qué humedad, qué calor entre las piernas.

La chispa que encendió el fuego

Cada vez que movía los pies, la falda se subía sola, unos centímetros más. Sentía el aire fresco en los muslos, pero el deseo… ay, el deseo crecía como una puta ola. Él carraspeaba, pero su voz subía de tono, como si estuviera tan jodido como yo. Me sequé el sudor del escote soplando, y noté cómo la cremallera del vestido cedía un poco. ‘¡El ritmo, Sylvie, el ritmo!’, gritaba, y yo pensaba: ‘Joder, si supieras lo que me está pasando…’. La tensión era insoportable, mi clítoris palpitaba contra el banco, y su presencia detrás… olía a hombre, a sudor mezclado con colonia. No aguantaba más.

De repente, su mano en mi espalda. ‘Estás… muy tensa’, murmuró, y el zipper se abrió del todo. El vestido cayó a mi cintura, mis tetas libres, pezones erectos. Me giré un poco, jadeando. ‘Profe… no puedo…’. Él no dijo nada, solo me besó el cuello, mordiendo suave. Sus manos bajaron, me arrancaron las bragas. ‘Shh, sigue tocando’, susurró, pero ya era tarde. Su polla dura contra mi culo, enorme, caliente. La saqué del pantalón, gruesa, venosa, goteando ya. La chupé rápido, sabor salado, su gemido ronco: ‘¡Joder, Sylvie!’. Luego, me levantó un poco, y ¡zas!, me la metió entera en el coño de un empujón. Dolor y placer puro, estirándome hasta el fondo.

El clímax sin frenos y el dulce agotamiento

Follamos como animales. Yo de rodillas en el banco, él detrás, embistiéndome fuerte, el órgano vibrando con cada golpe. Mis tetas rebotaban, sudor chorreando, su polla entrando y saliendo, chapoteando en mi coño empapado. ‘¡Más duro, cabrón!’, le supliqué, y él obedecía, agarrándome las caderas, azotándome el culo. El olor a sexo llenaba la iglesia, mi jugo por sus huevos, su aliento corto en mi oreja: ‘Tu coño es una puta delicia…’. Cambiamos, yo encima, cabalgándolo, frotando mi clítoris contra su pubis, los pedales sonando solos con nuestros movimientos. Orgasmos uno tras otro, el mío explotando primero, chillando, contrayéndome alrededor de su polla. Él se corrió dentro, chorros calientes inundándome, gritando mi nombre.

Caímos exhaustos sobre el banco, pegajosos, jadeando. Su semen goteaba de mi coño, mezclado con mi leche. Me besó suave, ‘Eres increíble’, murmuró. Yo sonreí, cansada pero feliz, el cuerpo temblando aún. El atardecer entraba por las vidrieras, y yo pensando: ‘Joder, qué follada… nunca la olvidaré’. Ahora, cada vez que toco el órgano, siento su polla de nuevo, ese calor, ese control perdido. ¿Repetimos, profe?

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