¡Ay, Dios! Acababa de mudarme a este piso con vistas al mar, sudada del jardín, saliendo de la ducha. Suena el timbre. Abro en bata y bóxer, mojado aún. Era él, mi vecino de al lado, alto, con esa sonrisa pícara. No, espera, yo era la nueva. Él abrió, todo mojado, olor a jabón fresco. ‘Perdona, soy la nueva del piso de enfrente’, dije, nerviosa, con mi falda plisada subiendo por mis muslos gruesos.
Me ayudó con los contadores, agua, luz, gas. Sus ojos bajaban a mis tetas, a mi culo de atleta. Ex biatleta, piernas potentes, culo enorme de tanto esquí. Bajamos escaleras, yo delante, sentía su mirada quemándome las nalgas. ‘Qué bien hueles’, murmuró. Almorzamos juntos, patatas del jardín, confit. Charla fluida, vinos, risas. ‘No hay nadie en mi vida’, confesé. ‘Yo igual’, dijo, ojos fijos en mis labios carnosos.
La chispa que encendió el fuego
Días después, complicidad total. Paseos, cenas. Tension sexual insoportable. Su roce accidental en el brazo, mi coño humedeciéndose. Una noche, sonó su timbre. ‘Me caí del andamio, espalda destrozada’. Entró cojeando. ‘¡Quítate todo, a cuatro patas!’, ordené, doctora en thalasso. Me subí encima, mis nalgas sobre las suyas, calor piel contra piel. Manos en su espalda, masajeando. Su polla endureciéndose bajo mí, rozando la moqueta. ‘¿Duele?’, pregunté, voz ronca. ‘No… me pones cachonda’, jadeó.
No aguanté. Le volteé, agachada entre sus piernas. Su verga tiesa, venosa, goteando. La lamí desde las bolas, saladas, hasta el glande hinchado. ‘Joder, chúpamela’, gruñó. Boca llena, garganta profunda, saliva chorreando. Olor a macho, sudor fresco. Me quité la falda, braga empapada. Me encabalgé, coño chorreante tragándosela entera. ‘¡Qué apretado tu coño!’, exclamó. Reboté, tetas saltando, pezones duros rozando su pecho. Calor sofocante, sudor perlando su piel.
La follada cruda y el éxtasis desbocado
‘Vuélvete, quiero verte el culo’, suplicó. Giré, empalada, su polla girando dentro. Fui a cuatro, él embistiéndome como animal. Manos amasando mis nalgas, pulgar en mi ano rosado, grande. ‘¡Métemela por el culo!’, grité, lubricante listo. Dedos primero, estirando mi roseta. Luego su verga gruesa, deslizándose lenta. ‘¡Ay, despacio… joder, qué llena!’, gemí. Ritmo feroz, cachetadas en mi carne, bolas golpeando mi clítoris. Sudor goteando, olor a sexo crudo, coño palpitando.
De repente, me volteó sobre la mesa. Boca en mi coño, lengua furiosa en el clítoris. Dedos dentro, masajeando punto G. ‘¡No, para… oh sí!’, aullé. Explosión: squirt masivo, chorros calientes salpicando su cara, la mesa. Voz grave, irreconocible: ‘¡Pélame las tetas, cabrón!’. Le guié la mano, nipples duros como piedras. Me folló salvaje, polla martilleando, yo frotándome el clítoris. Otro squirt, piernas temblando. ‘¡Córrete dentro!’, supliqué. Semen caliente llenándome, orgasmos simultáneos, cuerpos chocando.
Colapsamos, jadeantes, empapados. ‘Joder, qué follada’, murmuró, besándome cuello salado. Yo inerte, agotada feliz. ‘Nunca así… me dejaste sin fuerzas’. Él limpió el charco, me llevó a la cama. ‘Tu coño es adictivo, ese squirt…’. Acaricié su polla flácida, olor nuestro mezclado. ‘Fue brutal, amor. Pero mis tetas… secreto por ahora’. Fatiga dulce, recuerdos ardiendo: su aliento corto, piel ardiente, sabor salado. Quiero más, ya.