Confesión ardiente: Esa mañana follé con él sin control

Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Soy Ana, una española de puta madre, abierta a todo lo que huela a sexo. Anoche bebimos demasiado en casa de mis amigos Éric y Léo. Terminamos compartiendo la cama de invitados, él y yo, con un pacto tonto: cada uno en su lado. Pero… uf, durante la noche rodé hacia él. Me desperté con su cuerpo pegado al mío, su piel caliente quemándome la espalda. Su aliento corto en mi cuello, oliendo a vino y deseo. Intenté moverme, pero su brazo me rodeaba la cintura, fuerte, posesivo.

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—Ana… ¿qué haces? —murmuró él, voz ronca, aún medio dormido.

La chispa que prendió el fuego

No respondí. Sentí su polla endureciéndose contra mis nalgas, gruesa, palpitante. Dios, qué calor. Mi coño se mojó al instante, un chorro caliente entre mis piernas. Intenté resistir, pero… joder, la tensión era insoportable. Sus manos subieron lentas, rozando mis tetas bajo el tee corto que me prestó Léo. Pezones duros como piedras. Él jadeaba, yo temblaba.

—Para… no deberíamos… —susurré, pero mis caderas se movían solas, frotándome contra él.

Su mano bajó, metiéndose en mi braguita. Dedos resbaladizos en mi clítoris hinchado. Olía a sexo ya, ese aroma almizclado que me vuelve loca. La razón… puff, se fue a la mierda. Lo giré, le arranqué el pantalón del pijama. Su polla saltó libre, venosa, goteando precum. La quería dentro, ya.

Lo monté sin pensarlo. Su polla abriéndose paso en mi coño empapado, estirándome hasta el fondo. —¡Joder, qué prieta estás! —gruñó él, agarrándome las caderas.

El polvo brutal y el éxtasis

Follamos como animales. Yo rebotando sobre él, tetas saltando, sudor chorreando por nuestros cuerpos. Su polla me taladraba, golpeando mi punto G con cada embestida. —Más fuerte, cabrón… fóllame más… —gemía yo, uñas clavadas en su pecho. Él me pellizcaba los pezones, me chupaba el cuello, mordiendo. Mi coño chorreaba jugos por sus huevos, chapoteando ruidos sucios. Aceleré, sintiendo el orgasmo subir, un fuego en el vientre.

—Córrete dentro, lléname… —le supliqué, voz rota.

Él rugió, clavándose hasta el fondo. Su leche caliente me inundó, disparo tras disparo, mientras yo explotaba, coño convulsionando, chorros de placer empapándonos. Nos corrimos juntos, gritando bajito para no despertar a los otros.

Ahora… ay, qué felicidad cansada. Estamos tirados, pegajosos de sudor y semen. Su polla aún medio dura dentro de mí, palpitando suave. Le beso el pecho, oliendo nuestro sexo mezclado. —Ha sido… increíble —susurro, riendo bajito.

Él me aprieta contra sí, piel pegada, corazones latiendo fuerte. Ese recuerdo quema: su polla reventándome, mi coño tragándosela entera. Lo repetiría mil veces. Sin arrepentimientos, solo ganas de más.

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