Estaba en el Mont Beuvray, septiembre pasado. Yo, una madrileña cachonda por el folclore, buscando leyendas en esas colinas. El aire olía a tierra húmeda, hojas de castaño. Caminaba sola, el corazón latiendo fuerte por la niebla que todo lo tragaba. De repente, el Rocher de la Wivre. La roca legendaria. Sentí un cosquilleo en la nuca, como si me miraran. Me paré, el frío mordiendo mi piel bajo la falda ligera.
La tierra tembló. Un ruido sordo, como uñas rasgando piedra. Caí de rodillas, el musgo suave contra mis manos. La entrada se abrió, joyas brillando bajo la luna. Oro, diamantes… un puto tesoro. Entré, temblando. El calor me envolvió, olía a sexo y tierra viva. Me quité la chaqueta, sudando. Entonces la vi. La Wivre. Cuerpo de serpiente verde, alas negras, pero arriba… una mujer. Tetas firmes como melones maduros, caderas ondulantes, pelo rojo fuego. Sus ojos me clavaron. ‘¿Vienes por el oro, humana?’, siseó, voz ronca, como miel caliente.
La chispa que encendió mi lujuria
Me acerqué, hipnotizada. Su cola se enroscó cerca, escamas frías rozando mi pierna. Calor entre mis muslos. ‘No… vengo por ti’, murmuré, voz quebrada. Me miró, lamiéndose los labios. Sus dedos largos, uñas afiladas, rozaron mi cuello. Piel erizada. Bajó a mis tetas, apretando. Gemí. ‘Estás mojada ya, ¿verdad?’, rió bajito. Asentí, jadeando. Me desnudó despacio, tirando mi blusa. Sus alas me envolvieron, oscuridad cálida. Mi coño palpitaba, chorreando. La razón gritaba ‘huye’, pero el deseo… joder, era insoportable. La besé, lengua en su boca, sabor a chataigne y pecado. Sus manos en mi culo, amasando. ‘Fóllame’, supliqué. Ella sonrió. ‘Pídemelo bien’. La razón saltó por la ventana.
Me tiró al musgo, suave como cama de plumas. Su cola me abrió las piernas, fría y resbaladiza contra mi clítoris. Grité. Bajó la boca, lamió mi coño. Lengua bifurcada, chupando mi crema. ‘¡Dios, qué rico tu sabor!’, gruñó. Arqueé la espalda, tetas rebotando. Le agarras el pelo, empujándola más adentro. ‘Más, joder, come mi coño’. Metió dedos, tres, follándome duro. Venía ya, chorros calientes. Pero no paró. Me volteó, culo arriba. Sentí su aliento en mi ano. ‘Ahora te abro entera’. Algo grueso, su cola, entró en mi coño. Gruesa, venosa, estirándome. ‘¡Sí, rómpeme!’, aullé. Me follaba como animal, embestidas brutales. Sudor, olor a sexo fuerte, polla imaginaria pero real en esa cola monstruosa. Me corrí tres veces, piernas temblando.
El polvo brutal y el éxtasis eterno
Luego me montó. Sus tetas en mi cara, chupé pezones duros, rojos. Bajó, frotando su coño escamoso contra el mío. Tribbing salvaje, clítoris chocando. ‘¡Córrete conmigo, puta humana!’, ordenó. Explotamos juntas, gritos eco en la cueva. Me penetró con dedos en el culo mientras lamía mi cuello. Otro orgasmo, visión borrosa.
Caímos exhaustas al borde del agua tibia. Mi cuerpo vibraba, músculos flojos, coño hinchado y goteando. Ella me acunó con su cola, suave ahora. Besos lentos, lenguas perezosas. ‘Vuelve siempre’, susurró. Olía a nuestro sudor mezclado, semen invisible. Me vestí a duras penas, piernas de gelatina. Salí al alba, el rocher cerrado. Un año después, vuelvo. Ese polvo… lo huelo en mi piel aún. Mi coño late recordándolo. ¿Quién necesita hombres cuando tienes una diosa serpiente?