Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Me desperté al amanecer en mi clarera, con la vejiga a reventar. Salí de la tienda sigilosa, el aire fresco me erizó la piel desnuda. Y ahí estaba él, el enano Gardain, en la linde, soltando su chorro grueso contra un árbol. Me quedé paralizada, roja como un tomate. Sus ojos se clavaron en mí, su polla gorda aún en la mano, medio tiesa. ‘Uf… hace bien vaciarse, ¿no?’, balbuceó él, intentando romper el hielo. Sonreí tímida, el calor subiéndome por el cuello. Yo también tenía que… me agaché, piernas abiertas, el coño expuesto al rocío. Pero nada. La vergüenza me bloqueaba, sentía el pis apretado dentro.
Llegó Mella, la elfa, sin complejos. Se puso en cuclillas frente a mí y ¡zas!, su chorrito dorado salpicando la hierba, olor fuerte a hembra. Eso me desató. Relajé, y salió el mío en jetitos calientes, mojando mis muslos. ‘Sí… después de que me llenaran ayer el culo, esto alivia tanto…’, gemí, voz entrecortada. Gardain se rio bajito, su verga hinchándose. Krill, el bárbaro, salió entonces, su polla ya dura como piedra, apuntándome. Me miró con hambre, el pecho subiendo y bajando. Sin palabras, me puse a cuatro patas en la hierba húmeda, culo en pompa, el ano aún sensible de anoche. El corazón me latía en la garganta, el deseo me empapaba el coño.
La chispa que encendió el fuego
Él se arrodilló detrás, su aliento caliente en mi nuca, olor a macho sudado. ‘Antílope mía…’, murmuró, rozando su glande hinchado contra mi ojete. Empujó, lento al principio, abriéndome. ‘¡Ahhh!’, grité, el ardor dulce partiéndome. Su polla gruesa, venosa, me llenó el culo hasta el fondo, bolas peludas contra mi coño chorreante. Gardain hizo lo mismo con Mella, frente a mí; vi su carita de placer, tetas balanceándose. Empezaron a bombear, embestidas brutas, piel contra piel chapoteando. ‘¡Fóllame fuerte, Krill! ¡Rómpeme el culo!’, jadeé, arqueando la espalda. Él gruñía, manos clavadas en mis caderas, sudando, el olor a sexo invadiendo todo. Mis tetas nuevas, pesadas, se mecían, pezones rozando la hierba fría. Aceleró, polla como pistón, follándome sin piedad, mi ano ardiendo, jugos resbalando por muslos.
El polvo brutal sin frenos
Hermine cocinaba carne al lado, sonriendo, como si fuera normal. Gemí más alto, ‘¡Sí, así, joder! ¡Me corro!’, el orgasmo subiendo como lava. Él rugió, ‘¡Toma mi leche!’, y eyaculó dentro, chorros calientes inundándome las entrañas. Los cuatro llegamos juntos, gritos ahogados, cuerpos temblando. Su polla pulsaba, vaciándose, mi culo contrayéndose ordeñándolo.
Caímos exhaustos, sudor pegajoso, aliento entrecortado. Él me besó la espalda, suave ahora, ‘Mi amor…’. Me sentía llena, feliz, el culo goteando semen tibio por las piernas. Hermine trajo comida, riendo, ‘Bueno, ahora a desayunar’. Recordarlo me pone cachonda otra vez, ese control perdido, puro instinto animal. ¿Quién iba a decir que un pipí matutino acabaría en eso?