Confesión: La noche que seduje al chico de 19 años de mi marido

Ay, Dios… no puedo olvidarlo. Tenía 31 años, casada con mi marido, el jefe del taller. Él, 19 añitos, fresco, con ese cuerpo joven que me volvía loca. Le prestaba libros, al principio inocentes, pero luego… ‘El trigo en ciernes’, ‘La mano en el corazón’… cada vez más calientes. Le preguntaba qué le parecían, y él se ponía rojo, tartamudeando. Veía cómo se le ponía dura la polla bajo los pantalones. ¿Lo hacía a propósito? Yo buscaba su compañía, lo seguía a las habitaciones… Mi coño se humedecía solo de pensarlo.

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Noches enteras fantaseando. Imaginaba su polla joven entrando en mí, dura, palpitante. Mi marido era un semental, pero este chico… era obsesión. Tenía 19, su primer curro, preparando exámenes conmigo. Yo lo ayudaba, pero mis ojos se clavaban en su paquete. La tensión crecía. Me tocaba pensando en él, oliendo a sudor joven, piel caliente.

La tensión que me quemaba por dentro

Aquella noche de guardia. Mi marido se fue al pueblo, ‘por su padre enfermo’… ja, conociéndolo, rollo de mujeriego. Me dejó sola con el chico. ‘Quédate, no quiero estar sola’, le dije. Apagué luces, pero el farol de la calle iluminaba. Mi habitación frente a la suya, puertas abiertas por si sonaba el timbre.

Lo vi. En su cama, desnudo, la mano en la polla, meneándola lento. La luz lo hacía translúcida mi camisón, mis tetas duras asomando. Mi clítoris latía. Me excité tanto… calor subiendo por el vientre. No aguanté. Atravesé el pasillo, corazón desbocado. Él cerró ojos rápido, fingiendo dormir, pero su polla tiesa, saltando.

Entré sigilosa. Radio encendida, excusa perfecta. Me acerqué, olía a macho joven, sudor y pre-semen. Pené sobre él, mi aliento en su piel. Tetas rozando su pecho. Él entreabrió un ojo… lo pillé. Mi mano en su torso, bajando… piel ardiente, músculos tensos. ‘¿Estás despierto?’, susurré. Él asintió, mirada hambrienta.

El clímax explosivo y el dulce agotamiento

Lo besé, cuello, pecho… bajé a su polla. La olí, grande, venosa. Besitos en el glande, lengua lamiendo. ‘Joder… sí…’, gimió él. La chupé profunda, garganta apretando, saliva goteando. Su sabor salado, olor a sexo puro. Él jadeaba, manos en mi pelo.

Lo abracé fuerte. Su piel contra la mía, calor sofocante. Tomé su mano, la puse en mis tetas. ‘Toca… fuerte’. Pezones duros como piedras. Otra mano a mi coño, empapado. ‘Aquí, en el clítoris… aprieta… ¡ay, sí!’. Dedos dentro, chapoteando. ‘No tan rápido, chiquito… dura más’.

Me subí encima. Polla recta como lanza. Me empalé despacio, coño tragándosela entera. ‘¡Qué prieta estás!’, gruñó. Cabalgué salvaje, tetas botando, sudor chorreando. Gritos míos, cortos: ‘¡Fóllame! ¡Más!’. Él embistía desde abajo, manos en mi culo. Olía a sexo, fluidos mezclados. Clímax llegó brutal: coño contrayéndose, leche suya llenándome. Gritamos juntos, cuerpos temblando.

Caímos exhaustos. Sudor pegajoso, alientos cortos. Besos suaves, pieles calientes aún. ‘Ha sido… increíble’, murmuró. Yo, feliz, comblada. Fuimos amantes tres años, discreto. Me enseñó su juventud, yo le di todo: primeros cunnis, anales… Pero acabó mal, celos, depresión mía. Aún así, ese recuerdo quema. Cada noche lo revivo, mano en el coño, oliendo su esencia imaginada. Fatiga dulce, sonrisa tonta. Vida sin tabúes, ¿no?

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