Ay, chicas, no sabéis lo que pasó esa noche… Estaba en el tren de vuelta a casa, verano caluroso, y me topo con él. Un chaval de unos dieciocho, flaco, nariz larga, orejas grandes, pero con ojos de perrito perdido. Acababa de salir del cuartel, rapado, uniforme arrugado. Me contó sus penurias, cómo le molían a palos, le llamaban ‘tontito’. Yo, Tiffany, con mi melena negra, piernas largas, lo miré fijo. Olía a sudor fresco, a hombre joven. Empecé a imaginar su polla… Le invité a casa. ‘Quédate unos días’, le dije, mordiéndome el labio.
Llegamos tarde. Mamá, Béatrice, nos abrió, gorda pero con tetas enormes. Mi hermana Myriam, idéntica a mí pero pelo más largo, sudada de correr. Cenamos, risas, pero el aire estaba cargado. Subimos a mi cuarto. ‘Quítame la ropa’, susurré. Sus manos temblaban. Mi piel ardía bajo sus dedos. Culotte abajo, mi coñito lampiño, apenas unos pelitos en el pubis. Él jadeaba, polla saltando del pantalón. ¡Madre mía, qué verga! Gruesa como mi muñeca, venosa, huevos pesados. ‘¿Eres virgen?’, preguntó. Asentí, abriendo piernas. Myriam entró desnuda. ‘¿Puedo mirar?’, dijo, sentándose con su vibrador. El deseo nos comía. No aguantábamos más. La razón… puff, voló.
La chispa en el tren y la tensión que nos consume
Me tiré en la cama, piernas en V. ‘Fóllame ya’, gemí. Él empujó, un solo golpe. ¡Aaaah! Rompió mi himen, sangre tibia chorreando. Su polla me llenaba, estirando mi coño estrecho. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñó, embistiendo fuerte. Sudor goteando, su aliento caliente en mi cuello, olor a sexo crudo invadiendo la habitación. Myriam vibraba su clítoris, pies en la cama, coño mojado brillando. ‘¡Mira cómo me corro viéndoos!’, chilló, squirteando. Yo contraía el coño, ordeñando su verga. ‘¡Más rápido, cabrón!’, le arañé la espalda. Él me taladraba, bolas golpeando mi culo. Eyaculó dentro, chorros calientes inundándome. ‘¡Sí, lléname de leche!’, grité.
El polvo brutal: polla gorda destrozando coños vírgenes
Luego Myriam: ‘A mí ahora, tontito’. Le chupamos la polla juntas, lenguas enredadas en su glande hinchado. La puse a cuatro, él la clavó por detrás. ‘¡Rompe mi cereza!’, suplicó ella. Sangre otra vez, coño virgen partiéndose. Yo me masturbaba, dedos en mi clítoris hinchado. Mamá bajó, nos vio. ‘¿Café o polla?’, bromeó, agarrando su verga tiesa. Al jardín, sol quemando. Nuca desnudos, él nos folló a las tres. Mamá encima, tetas rebotando, ‘¡Me parto el coño con esa bestia!’. Myriam con arnés, sodomizándolo mientras él me penetraba. Olor a sudor, semen, coños calientes. Gemidos, ‘¡Fóllame más duro!’, ‘¡Córrete dentro!’.
Agotados, tumbados en el césped, cuerpos pegajosos. Sudor enfriándose, polla flácida goteando leche. ‘Ha sido… increíble’, murmuró él, besándome. Mi coño palpitaba, lleno de su semen. Myriam ronroneaba, mamá fumando un cigarro. Recuerdo su calor dentro, el estirón brutal, nuestros alientos entrecortados. Aún me mojo pensando en esa polla faunesca. Volvería a follarlo mil veces. Chicas, vivid vuestros deseos… sin tabúes.