No sé qué me pasó, de verdad. Tengo 46 años, casada, dos hijos guapísimos, vida perfecta en Madrid. Soy ama de casa y voluntaria con ancianos desde que perdí a mis padres jovencita. Me llena ayudarles. Pero este viejo, Don Pedro, uf… Un gruñón total. Vive solo en un piso cutre del centro, lejos de todo. Mi amiga Laura me lo endosó porque no aguantaba sus broncas.
Iba una hora al día, limpiaba, cocinaba… Nada le gustaba. ‘Mi mujer lo hacía mejor’, ‘Eres una inútil’, ‘Vete a la mierda’. Yo, calladita, pero hervía por dentro. Un día, después de dos horas quitando polvo, me suelta: ‘Como criada vales cero. Y sexy, ni para un preso’. Me quedé tiesa. Primera vez que me decían algo así. No soy una diosa, pero mi marido me come con los ojos, y algún tío me pilla miradas.
La chispa que encendió el fuego
Debería haberle mandado a paseo. En vez de eso, me quedé paralizada. ‘Si te esforzaras, molarías un poco. Ahora pareces una lata de sardinas’. Y remata: ‘La anterior me enseñaba las tetas. Tú, nada’. Salí pensando en Laura enseñándole las tetas a ese cerdo viejo, feo, arrugado, con su sonrisa babosa. En casa, me miro al espejo. Mi marido me besa: ‘¿Qué te pasa?’. ‘Nada’, miento con voz floja.
Esa noche no follamos, estaba ‘cansado’. Últimamente siempre lo está. Me duermo pensando en él, en su asco, en ‘muéstrame las tetas’. Al día siguiente, sola en la cama, imagino que se las enseño. Me mojo tanto… Tetas duras, las toco. Me odio por eso. Bajo la ducha, me corro pensando en su mirada.
Dos días después, vuelvo. Subo las escaleras con el corazón en la garganta. Limpio la cocina, voy a irme. ‘¿Cuándo me las enseñas? A tu edad deben colgar’. No digo nada. Al día siguiente, elijo una falda corta, escotada, con cordones. En el bus, un chaval me mira las tetas. Llego: ‘¡Joder, qué balcón! Enséñamelas ya, guarra’. Desato despacio. Él babea, ojos clavados. Mi coño chorrea.
El clímax salvaje y el éxtasis posterior
Saco las tetas del sujetador. ‘Qué asco de sujetador, quítatelo’. Me pongo roja. Bajo llorando, entro en una tienda de lencería carísima. Compro un tanga y un sujetador de encaje. Esa noche follo con mi marido simulando, pero pienso en Pedro, en su lefa dentro de mí.
Al día siguiente, me pinto, perfumo, voy sin bragas. ‘Hueles a puta cara’. Desato, quito sujetador. ‘Mejores, pero mordiéndotelas’. Las chupo, las muerdo. ‘Levanta la falda, poiluda de mierda. Baja las bragas’. Me desnudo entera. Critica todo: vergetas, tetas desiguales, culo plano. Me giro como una muñeca. ‘Vuelve sin nada debajo, puta’.
En el coche, me corro imaginándolo follándome. No duermo. Sueño con su polla. Al día siguiente, me quito la ropa en el rellano. Entro desnuda. Poses: abro culo, coño, todo. Me masturbo en la mesa, coño abierto a su cara. Él se abre el pantalón: polla gorda, nudosa, pelos blancos, medio tiesa. Se la menea. ‘No toco putas’.
La tensión me mata. Un mes así, exhibiéndome, él pajéandose. No aguanto más. Esa tarde, razón fuera: me arrodillo, ‘Déjame chupártela’. ‘¡Puta!’. La cojo, huele a viejo, salada. La chupo honda, gimo. Se pone dura como piedra.