Confesión ardiente: Mi marido me folló el culo mientras fingía dormir

Ay, chicas, acabo de vivirlo y aún me tiemblan las piernas. Soy Bárbara, casi cuarenta, con curvas que vuelven loco a mi marido Javier. Tetas grandes, 95D, culo redondo y jugoso que él adora apretar. Me cuido, eh, pero me gusta mostrarme sexy: faldas ceñidas, sin bragas a veces, dejando ver mi melocotón dorado y depilado. Hoy, verano, calor asfixiante, dormía desnuda en la cama, boca abajo un poco, piernas abiertas sin darme cuenta.

El sol entraba por la ventana, calentando la habitación. Oí la puerta, pero no me moví. Fingí dormir profundo, con una sonrisita. Javier entró y se quedó parado, mirándome. Sentí sus ojos quemándome la piel. Mi pecho subía y bajaba lento, pezones rosados duros por el aire. Bajó la vista a mi vientre suave, redondito, y luego… a mi coño abierto, labios mayores hinchados, invitadores. Olía a sexo ya, a mi humedad matutina.

La chispa que encendió el fuego

Se acercó sigiloso. Su mano tocó mi tripa, cálida, suave como terciopelo. Subió despacio, envolviendo mis tetas. Dios, cómo las masajea… dedos rodeando las aréolas, uñas rozando pezones. Se endurecieron al instante, apuntando al techo. “Mmm…”, suspiré bajito, sin abrir los ojos. Él siguió, besando mi cuello, mordisqueando. Mi respiración se aceleró, pecho agitado. Bajó la mano, rozando mi monte de Venus liso, sin un pelo. Tocó mis labios exteriores, carnosos, y metí la pelvis un poco, pidiendo más sin palabras.

La tensión era insoportable. Mi coño chorreaba ya, rosado y brillante. Sus dedos separaron las labios, rozando mi clítoris hinchado. “¡Ah!”, gemí suave. Él dudó un segundo, pero siguió, hundiendo un dedo en mi vagina húmeda, luego dos. Removía adentro, tocando paredes calientes, sacando jugos que olían a deseo puro. Yo arqueé la espalda, fingiendo sueño, pero mi culo se abría más. La razón se iba, solo quería su polla dentro.

El clímax sin frenos y el éxtasis compartido

De repente, su boca. Besó mi coño entero, lengua lamiendo desde el ano hasta el clítoris. “Joder, qué rico…”, murmuró él. Chupaba mis labios, metía la lengua como una polla pequeña, follándome la boca. Luego bajó al ano, lamiéndolo en círculos, escupiendo saliva. Yo temblaba, “Sí, amor, ahí…”, susurré entre sueños falsos. Mi ano se contraía, pidiendo. Él se levantó, polla dura como piedra, goteando precum. La frotó en mi clítoris, resbaladiza, y la clavó en mi coño de un empujón. “¡Fuuuck!”, grité bajito. Entraba y salía, profundo, chapoteando en mis jugos. Mi coño lo apretaba, ordeñándolo.

Pero quería más. Saqué su polla, brillante de mis fluidos, y la puse en mi ano lubricado. “Métemela, Javier, rómpeme el culo”, le rogué con voz ronca. Empujó firme, la cabeza entró, luego todo el tronco. Dolor placer mezclado, estirándome. Empezó a bombear, fuerte, salvaje. “¡Sí, cabrón, fóllame el culo!”, chillaba yo ahora despierta del todo. Él gruñía, “Tu culo es mío, puta caliente”. Sudor goteando, pieles chocando, olor a sexo intenso. Mi clítoris palpitaba sola, me corrí primero, chorros saliendo, empapando sábanas. Él aceleró, “Me vengo…”, y explotó dentro, leche caliente llenándome el recto, desbordando.

Caímos exhaustos, jadeando. Me giró, besó mis labios hinchados. “¿Fingías dormir?”, rio él. “Claro, para que me violaras así”, contesté, riendo. Nos abrazamos, cuerpos pegajosos, semen saliendo de mi culo. Fatiga dulce, músculos flojos, recuerdo quemando en la piel. Aún siento su calor adentro, ese deseo animal que nos une después de 19 años. Si os ha puesto cachondos, contadme vuestras confesiones…

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