¡Dios, qué noche! Soy Bérénice, pero aquí en España me llaman Nica, la putita asiática que no se corta un pelo. Y Amélie… uf, esa tía alta, morena, con curvas que matan. Estábamos en el Latin Corner, ese club libertino de locos, disfrazadas de criadas sexys para una movida undercover. Minifaldas con volantes que apenas tapaban el culo, corsés que dejaban las tetas a punto de saltar. Nos metieron en un cuartito de pánico, un hueco diminuto lleno de trastos, para no que nos pillaran los mafiosos de al lado.
Apretujadas, hombro contra hombro, el aire cargado de humedad y olor a sudor. Afuera, la orgía: gemidos, carne chocando, pollas entrando y saliendo. Nosotras con los cascos puestos, mirando la pantalla, pero… joder, la tensión entre nosotras era brutal. Hacía semanas que jugábamos a provocarnos: roces en el sofá, miradas calientes, confesiones de cómo nos tocábamos pensando en la otra. Esa noche, sola con ella en ese armario, el deseo explotó.
La chispa que enciende el fuego
—Amélie, estás… joder, irresistible con esa faldita. Ras el coño, ¿no? —le susurré, rozando su muslo con el dorso de la mano. Su piel se erizó, caliente como lava. No se apartó. Al revés, se mordió el labio.
—Calla, Nica… Tú con esas tetas apretadas en el corsé, pareces una diosa. Si sigues tocándome así, mi concha se va a inundar el suelo.
Mi mano subió, bajo la falda. Sus bragas, un tanguita de algodón, ya empapadas. El olor… ay, ese aroma almizclado a sexo, a coño excitado, me volvió loca. Tire del elástico, bajé la prenda hasta sus tobillos. Ella jadeaba, aliento corto, pechos subiendo y bajando. La razón se fue a la mierda. Nos besamos, lenguas enredadas, salvajes, mordiéndonos los labios. Pezones duros como piedras contra la tela.
Sus manos en mis tetas, sacándolas del corsé, pellizcando los pezones. Yo, con dedos en su raja lampante, resbaladizos de jugos. La tensión era insoportable, el corazón latiendo como un tambor.
De rodillas ya, cabeza bajo su falda. Su coño delante: labios hinchados, oscuros, brillantes de miel. Olía a deseo puro, salado, adictivo. Lamí despacio, la lengua plana lamiendo las babas gruesas. Ella gimió, agarrándome el pelo.
—Joder, Nica… chúpame el clítoris, por favor…
Explosión de placer sin frenos
Abrí sus labios con los dedos, expuse esa perla roja, hinchada. La succioné, fuerte, como una piruleta. Mi lengua girando, clavándose en su agujero chorreante. Metí un dedo, luego dos, follando su coño apretado, curvando para tocar ese punto que la hace temblar. Ella arcándose, muslos apretándome la cabeza, olor a sexo invadiendo todo. Gemía bajito, ahogada: «Sí, así… fóllame con la boca, cabrona…». Mi propia concha palpitaba, empapada, rogando atención.
Levanté mi falda, froté mi pubis contra su pierna, mientras mi lengua la devoraba. Clítoris entre dientes, mordisqueando suave, luego duro. Sus jugos me chorreaban por la barbilla, calientes, viscosos. Estaba al borde, cuerpo rígido, respirando entrecortado.
De repente… nada. Su cuerpo se congeló. Ojos en blanco, temblando como un epileptico. Se desplomó. Pánico mío: ¡no respira! La tumbé en el suelo sucio, soplo aire en su boca, presiono su abdomen. Tosió, volvió, pálida pero viva.
—Perdona, Nica… crisis de pánico. Desde un accidente… Casi me matas de placer y me salvas la vida.
Nos abrazamos, sudadas, oliendo a sexo a medias. Tetase contra tetas, coños aún húmedos rozándose. Fatiga dulce, esa paz post-polvo. La besé suave, riendo nerviosas.
Ahora, recordándolo en el coche bajo la lluvia, aprieto las piernas. Ese sabor en mi lengua, su olor en mi piel… Quiero más. Amélie, mi vicio secreto.