Ay, chicas, no os imagináis lo que me pasó hace unos días. Soy María, diplomática española, abierta al sexo como pocas. Hace tres años en Nápoles conocí a Fred, un francés encantador. Cenamos, bebimos, y acabamos follando toda la noche en su hotel. Su polla gruesa me volvió loca, me corría sin parar. Ahora él es Presidente de Francia, y me nombran embajadora en París. Dios, el corazón me latía fuerte al entrar en el Elíseo.
Él estaba allí, en su despacho, con traje impecable, el mismo perfume que en Italia. Me miró, palideció, rompió su copa de champán. ‘¡María! ¿Eres tú?’, balbuceó. Yo sonreí, el coño ya húmedo recordando su verga dura. ‘Sí, cariño, vengo a… acreditarme’, dije, voz ronca. Nos abrazamos, su aliento caliente en mi cuello. Olía a hombre, a deseo viejo. Sus manos bajaron a mi culo, apretando bajo la falda del uniforme. ‘No he olvidado Nápoles’, susurró. Yo… yo sentí su polla endurecerse contra mi vientre. La tensión subía, el aire espeso. ‘Siéntate’, le ordené, empujándolo al sillón. Él obedeció, ojos vidriosos. Me arrodillé, abrí su bragueta. Su verga saltó, venosa, palpitante. La olía, ese olor a macho que me enloquece. Lamí el glande, salado. Él jadeó, ‘¡Joder, María!’. Chupé despacio, lengua alrededor, hasta la garganta. Su piel ardía, sudor perlando su frente.
La chispa que enciende el fuego
No aguanté más. Me puse de pie, subí la falda, arranqué las bragas. ‘Te quiero dentro, ya’, gemí. Me subí al escritorio, a cuatro patas, culo en pompa hacia él. Mi coño chorreaba, labios hinchados. Él se colocó detrás, glande rozando mi entrada. ‘¡Entra, hostia!’, supliqué, voz entrecortada. Empujó, centímetro a centímetro, estirándome. ‘¡Qué apretada estás!’, gruñó. Empezó a bombear, fuerte, piel contra piel chocando. Clap-clap-clap. Su polla me llenaba, rozando el fondo. Yo me tocaba el clítoris, pezones duros saliendo del sujetador. ‘¡Más duro, Fóllame como en Nápoles!’, gritaba. Él me agarraba las caderas, sudor goteando en mi espalda. Olía a sexo puro, a coño mojado y huevos sudados. Me giró, piernas sobre hombros, penetrando profundo. ‘¡Me corro!’, aullé, espasmos sacudiéndome, jugos salpicando papeles oficiales. Él no paró, pistoneando salvaje. Sus bolas golpeaban mi culo, aliento corto en mi oreja. ‘¡Voy a llenarte!’, rugió. Eyaculó dentro, chorros calientes inundándome, mientras yo volvía a correrme, uñas clavadas en su espalda.
Caímos exhaustos, él aún dentro, mi coño palpitando alrededor de su verga flácida. Sudor por todos lados, respiraciones jadeantes. Me besó el cuello, ‘Eres increíble, María’. Yo reí bajito, piernas temblando. ‘Nunca olvidaré esto, tu leche caliente en mí’. Nos quedamos así, abrazados sobre el escritorio desordenado, olor a sexo impregnando el aire. La pasión nos había tomado, sin razón ni control. Ahora, cada noche revivo ese polvo brutal, el calor de su piel, su sabor en mi boca. Quiero más, chicas. ¿Quién dijo que el poder no folla?