Confesión: Mi orgía salvaje con el viajero, mi hermana y su marido

Era una noche de lluvia torrencial en este pueblo perdido de España. Yo, Nathalie, detrás de la barra del ‘Tres Columnas’, limpiando vasos sin ganas, viendo clips en la tele. El sitio estaba vacío, como siempre. De repente, entra él, empapado, alto, con esa mirada de viajero cansado pero cachondo. Se sienta en la barra, pide un whisky. No le miro, pero siento sus ojos clavados en mis tetas, que asoman por el escote. Mi falda corta se tensa cuando cojo la botella, y noto cómo se le pone dura solo de verme las nalgas redondas sin braga.

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Le sirvo el vaso, los hielos tintinean. Empiezo a charlar, mi voz ronca: ‘¿Primera vez aquí? No hay mucho que hacer en el pueblo…’. Sonríe, me invita a sentarme con una copa de champán. Nos acomodamos en el sofá profundo, oscuro. Al sentarme, mi falda sube, y ¡zas!, mi coño depilado al aire. Él lo ve, traga saliva. La tensión crece, el aire huele a deseo. Nuestras bocas se encuentran, lenguas calientes, húmedas. Sus manos en mis tetas, las mías en su paquete. ‘Joder, qué dura la tienes’, le susurro, desabrochándole el pantalón.

La chispa que encendió todo

Su polla salta fuera, gruesa, venosa. Me arrodillo entre sus piernas, le miro con ojos de puta: ‘¿Quieres que te la chupe?’. Englobo su verga de un trago, hasta la garganta. Gimo, me ahogo un poco, pero empujo más, mis manos en sus nalgas tirando. Él jadea, ‘¡Hostia, Nathalie, qué boca!’. Le follo la boca con mi garganta, saliva chorreando. Sus tetas… digo, sus manos en mi blusa, sacando mis pechos blancos, duros pezones. No aguanto, explota en mi boca, chorros calientes de leche que trago, un hilo une mis labios a su glande.

Le hago levantar, me acurruco. Mi coño chorrea, lo mete los dedos, pelitos finos mojados. ‘Estás empapada, zorra’, dice. Rozo mi clítoris hinchado, giro, presiono. Me retuerzo, ‘¡Ay, sí, más fuerte!’. Grito, ondulo, aprieto sus dedos con los muslos. Exploto, tiemblo en sus brazos. Pero oigo gemidos del fondo oscuro. Le cojo la mano: ‘Ven, mira’. Allí, mi hermana Marie, flaca, tetas pequeñas, piernas abiertas en el sofá rojo. Rolland, su marido panzudo, le come el coño peludo, dedos gordos abriéndolo. Ella empuja su cabeza.

El éxtasis sin frenos

‘¿Sorprendido?’, le digo riendo bajito. ‘Son mi hermana y su marido. Sabían que vendrías’. Le toco la polla, que revive. La saco, dura otra vez. Marie inclina la cabeza, lame su glande. ‘Mmm, buena polla’, murmura. Nathalie… yo, le chupo las huevos, lengua fresca en su piel afeitada. Deslizo dedo en su culo, lubricado con mi coño. ‘Relájate, cabrón’. Meto dos, masajeo próstata. Él gime. Marie se pone el strap-on fino, lubrica el culo de Rolland. ‘¡Mira cómo se la meto!’, dice ella. Empuja, entra todo. Rolland ruge de placer.

Yo monto la cara de Rolland, mi coño en su boca babosa. Marie me llama: ‘Ven, fóllame el culo’. Me pongo detrás, lubrico mi polla… no, la suya contra su ano ancho. Entro fácil, hasta las bolas contra sus nalgas. Ritmo brutal: ella folla a Rolland, yo a ella. Siento el gode a través de la pared. ‘¡Joder, me partís!’, grita Marie. Rolland se casca la verga, se corre en el sofá. Yo sigo machacando a Marie, Nathalie le mete el gode en el coño. Ella estalla, me expulsa.

Marie coge mi polla, la mete en la boca de Rolland. ‘Chúpala, cornudo’. Él lo hace, torpe pero caliente. Las dos lenguas se unen, lamen. Exploto: chorro a mi boca, a Marie en el pelo, a Rolland. Nos besamos, sudados, oliendo a sexo. Abrimos champán, brindamos. ‘Otra ronda en el hotel’, digo. Allá fuimos, follamos hasta el amanecer. Cansados, felices, piel pegajosa. Aún siento su polla en mí, los gemidos… qué noche, joder.

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