Confesión ardiente: Cómo un desconocido me folló salvajemente tras el fuego artificial

Me llamo Inés. Solo de pensar en él, mi coño se moja de nuevo. Fue hace poco, en vacaciones en un rincón perdido de Bretaña. Habíamos alquilado una casita cerca de la playa. Todo perfecto, el sol cayendo, la fiesta nacional del 14 de julio. Los niños con sus petardos, riendo como locos.

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La playa aún estaba medio vacía. Llegamos con mi marido y los tres peques. Yo con mi chaleco verde enorme hasta las rodillas, porque hacía fresco. Clásica mamá, ¿no? Corriendo tras la pequeña que se me colgaba de las piernas. Mi marido, grandote y calvo, supervisando.

La chispa que encendió el fuego

De repente, grité: ‘¡Gaetán! ¡Ven aquí!’. El crío estaba abajo con otros mocosos. Sonreí al mayor de unos vecinos, un tipo alto, fuerte. Él guiñó al niño y me miró. Sus ojos… uf, pasaron de la bronca a algo cómplice en un segundo. Se me erizaron los pezones bajo el chaleco. Primera descarga.

Los niños armaron una botella con arena y un petardo. Vi el peligro. Él saltó la barandilla, apartó a todos. ¡Boom! Sin daños. Sus ojos en mí todo el rato, clavados. Mi marido al lado, pero yo… conectada con él. Calor subiendo por mi piel.

Se acercó con su mujer. ‘Gracias por la rapidez’, le dije, voz temblorosa. Hablamos de los niños, tonterías. Pero mis ojos se hundían en los suyos, furtivos. El chaleco se abrió un poco, mis tetas menudas con pezones duros asomando como erecciones. Él lo vio. La tensión… insoportable. Noche cayendo, fuego artificial empezando. Miradas entre explosiones. Mi coño palpitando.

Terminado el show, pasé cerca. Sonrisa enorme. Él iba con los suyos a comer. Yo… rumbo al cajero en una callejuela lejana. Coincidencia? Mi corazón latiendo fuerte.

Allí estaba, en la cola. Sonrisa mutua. ‘Vaya casualidad’, dije. ‘No casualidad’, murmuró él, ojos ardiendo. Tropecé en la acera. ‘¿Me agarras?’, mi mano en su brazo. Carne de gallina instantánea. Lo miré. No pude más. Lo atraje por la cintura, sus ojos en mis tetas. Pezones como lápices. Me acurruqué en su cadera, público alrededor. Deseo, culpa, todo mezclado. Saqué dinero, pero no huí. Me esperó.

Tomé su mano. Tres pasos. Paramos. Beso puro, eléctrico. Como pájaros libres. Calle oscura, murete junto a un campo. Oscuridad perfecta. Mi cintura gruesa de tres embarazos subiendo con la excitación. Respiraciones entrecortadas, mezclándose. Beso más hondo, lengua enredada.

La follada brutal y el éxtasis compartido

‘Quiero mamar tu teta’, susurró. Se la ofrecí. Cada chupada, un gemido mío. ‘Ah… sí…’. Subió a mi boca, piernas abriéndose solas. ‘Ven’, dije, voz ronca como trueno.

Sentada en el murete, él sacó su polla hinchada, enorme. Eché mi short y braga a un lado. Mojada perdida, olor a sexo fuerte. Entró de un golpe, como imán. ‘¡Joder, qué coño tan aterciopelado!’, gruñó. Veludo caliente envolviéndolo todo. Butó al fondo, tocando algo más hondo. Roucoé, orgasmo sorpresa inundándonos. ‘¡Qué potente eres!’. ‘Tú me acoges como reina, estoy todo dentro’.

Follé suave al principio, luego plaqué total. Sin espacio. ‘Quédate al fondo’, suplicó. Temblores, mi coño masajeándolo, apretando como mamada interna. Besos voluptuosos. Gozó dos veces más, yo explotando. ‘¡Me corro!’. Lo inundé de leche, chorros interminables. Piernas cerradas en sus caderas, anclándolo profundo.

No quería salir. Lo mecí, cara en su pecho. ‘Es un sueño… nunca sentí tanto’. ‘Divino, único’. Sensaciones bajando lento. Bajé del murete, tetas al aire aún. Saqué tampón del bolso, me lo metí mirándolo. ‘Así te guardo dentro’. Recogí semen de mi muslo, chupé el dedo. Olor salado, caliente.

Impulso loco: sacó boli, escribió su número bajo mi pezón izquierdo, duro aún. Sonreí, me vestí. Yo llena de él, él mojado de mí. Caminamos de la mano, luego solos. Última mirada.

¿Cuánto duró? Media hora? Volví, excusas tontas. Mi marido ni notó mi cara de follada. Esta mañana, SMS: ‘Gracias… te quiero. Inés’. Sin número. Conexión profunda. ¿Volverá? No sé. Pero este polvo… me cambió. Recuerdo su polla en mi coño, y tiemblo feliz.

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