Era el 20 de octubre en el Dôme de Marsella. El concierto llevaba una hora y la sala era un horno. Todos sudando, pegados, moviéndose al ritmo. La música nos tenía en trance, cuerpos ondulando, pieles calientes rozándose. Yo, Aurelia, no soy de las que bailan como locas. Me quedo quieta, mirando. Pero Jillian… Dios, ella era fuego puro. Alta, curvas perfectas, pelo castaño volando con la melodía. Sus caderas se mecían hipnóticas, tetas apretadas contra la camiseta, culo redondo marcándose en los jeans. La miré, mordiéndome el labio. Quería tocarla desde hace meses. Fantaseaba con su piel suave, su olor…
La sala olía a sudor y cerveza. Bebí un trago, pero el calor no bajaba. Ella saltó con la nueva canción, se giró: “¡Joder, qué temazo!”. Sus ojos brillaban, se acercó. La abracé por la cintura, suave. No me apartó. Siguió bailando contra mí, su culo presionando mi pelvis. Mi polla imaginaria se ponía dura. Subí las manos por sus caderas, rocé su piercing en el ombligo. Su cuello… tan tierno. Lo besé, lamí. Sudor salado, perfume dulce. Ella suspiró, mano en mi nuca. “Oh baby…”, murmuré al oído, siguiendo la letra de Sexual Healing. Mi mano bajó, rozó su entrepierna. Caliente, húmeda ya. Dudé: “¿Puedo… ser tu healing?”. Ella jadeó: “Por favor… sí…”. La razón se fue a la mierda.
La chispa que enciende el fuego
Nos movimos al fondo, contra la pared oscura. Poca gente. La besé con hambre, lenguas enredadas, saliva mezclada. Sus manos en mi pelo, tirando. Bajé por su cuello, mordí suave. Arrodillada, levanté su top, lamí su vientre suave, piel caliente. Desabroché jeans, bajé el boxer. Su coño… un triángulo de vello castaño sobre labios hinchados, mojados. Olía a sexo puro, almizclado, adictivo. Lamí alrededor, lento. Clítoris duro, lo chupé suave. “¡Joder, Aurelia… más!”, gimió, pierna sobre mi hombro. Metí lengua dentro, saboreando su jugo dulce y salado. Dedos abriendo labios, frotando clítoris rápido. Ella se retorcía, caderas empujando contra mi boca. Sudor goteando, su aliento corto: “Voy a… ¡ah!”. Bombeé dos dedos en su coño apretado, curvándolos al punto G. La follé con la boca y mano, lengua girando sin parar. Gritó bajito, cuerpo temblando, coño contrayéndose, chorro caliente en mi cara. Orgasmos la dejó floja, apoyada en mí.
La subí, besos suaves, calmándola. Quedamos abrazadas un rato, respirando agitadas. El concierto seguía, pero nosotras mudas, agotadas. En el coche, silencio pesado. Culpa flotando. “¿Te quedas?”, pregunté. “No tengo opción”, dijo seca. Dormimos juntas, piel contra piel bajo sábanas, pero sin más. Al día siguiente, la dejé en la gare. Abrazo frío, beso en la mano. El tren se fue a Burdeos. Ahora, recuerdo su sabor en mi lengua, el calor de su coño, ese clímax brutal. Fue un error dulce, un fuego que quema aún. Ojalá vuelva, pero sé que no. Mi confesión para exorcizar este deseo loco.