Llegué al hotel cerca de Poitiers, exhausta del viaje en coche. El sol pegaba fuerte, así que directo a la piscina. Me puse el bikini, aunque ya no lo soporto mucho, y me tiré al agua. Salí y al vestuario, ducha compartida, antigua, sin puerta. Ahí estaba ella, Christine, una motera de unos cincuenta, tetas pequeñas con piercings en los pezones oscuros, culo gordo y tatuajes por todos lados. Me miró con ojos verdes intensos, sonrisa pícara. ‘¿Agua caliente?’, dijo en un francés torpe. Yo, española abierta a todo, le contesté en inglés.
Empezamos a charlar, ella jabón en mano, me untó los hombros. Sus dedos suaves, calientes. Me giré, espalda primero. ‘Qué culazo’, murmuró. Sus manos bajaron, amasando mis nalgas, resbalosas de gel. Mi coño se mojó al instante, no solo del agua. El corazón me latía fuerte, el aliento corto. Olía a su sexo, almizclado, excitante. Me volví, mi clítoris hinchado asomaba. ‘Das wäre super’, susurró, aunque era Christine, wait, no, Emma entró en mi mente, pero era ella, la motera. Sus dedos rozaron mi botón, círculos lentos. Gemí bajito. ‘¿Quieres?’, preguntó. La razón gritaba ‘para’, pero el deseo ardía.
La chispa que enciende el fuego
Sus pezones tiesos rozaban mi piel, yo agarré sus tetas firmes, pellizqué esos piercings. Piernas abiertas contra la pared, agua tibia cayendo. Sus dedos entraron en mi coño chorreante, dos, tres, bombeando. ‘Joder, qué apretada’, jadeó. Yo metí mano en su mata de pelo púbico, empapada de jugos pegajosos. Encontré su clítoris gordo, lo froté furioso. Nuestros jadeos se mezclaban con el chorro del agua. Tensión insoportable, cuerpos temblando. La puerta se abrió, su marido, el motero tatuado, enorme, nos vio. ‘¡Coño, qué espectáculo!’, rio. En vez de huir, se acercó, polla ya dura bajo los pantalones.
La razón se fue a la mierda. Christine me besó, lengua salvaje, mientras su hombre se bajaba el zipper. Polla gruesa, venosa, cabezota roja. ‘Chúpala’, ordenó ella. Me arrodillé, agua en la cara, tragué esa verga hasta la garganta. Tosí, babas por todos lados. Christine se frotaba el coño mirándonos. Él me folló la boca, manos en mi pelo. ‘Buena puta española’. Luego me levantó, me empotró contra la pared. Su polla entró de un golpe en mi coño empapado, ‘¡Aaaah!’, grité. Bombeaba brutal, huevos chocando mis nalgas. Christine detrás, dedos en mi culo, lubricando con saliva. ‘Ahora el ojete’, dijo. Me abrí, él sacó la polla, la puso en mi ano. Dolor-placer, entró centímetro a centímetro. ‘¡Fóllame el culo, joder!’. Christine lamía mi clítoris, lengua experta.
El clímax brutal y sin frenos
Ritmo animal, él me taladraba el culo, profundo, gruñendo. Yo chorreaba, squirt en su tripa. Ella se subió encima, coño en mi cara. Lamí su clítoris salado, metí lengua en su agujero. ‘¡Sí, come mi coño!’. Orgasmo la sacudió, jugos en mi boca. Él aceleró, ‘Me corro’, rugió. Chorros calientes en mi recto, semen rebosando. Yo exploté, cuerpo convulso, grito ahogado. Nos derrumbamos, agua lavando el sudor, semen, fluidos.
Agotadas, felices. Christine besó mi hombro, ‘Eres una diosa’. Su marido sonrió, ‘Vuelve a la moto mañana’. Me vestí temblando, coño y culo palpitando. En la cama esa noche, reviví cada embestida, olor a sexo en mi piel. Fatiga dulce, sonrisa tonta. Ese polvo con moteros me cambió, deseo puro, sin tabúes. Aún siento su polla en mí.