Confesión caliente: Mi polvo salvaje con la canadiense en el sótano oscuro

Rara vez salgo de día, sobre todo en verano. La luz me quema los ojos, soy fotofóbica de nacimiento, piel blanquísima que se enrojece al instante. Pero hoy, a las diez, cita en el Lauderdale, ese bistró de cervezas yankis cerca de casa. Entro con gafas de sol, sombrero de paja, parezco un bicho raro. Me adelanto, pido una pinta de Antipode. Llega Myriam, québécoise de unos cuarenta, impecable, banquera. Le aviso: mi galería es selectiva, pinto lo que me sale del coño, no para gustar.

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—Sé lo que busco —dice con ese acento que me eriza la piel. Pedimos lo mismo, brindamos. —Por el arte… en todas sus formas.

La chispa que encendió el fuego

Caminamos a mi edificio bajo el sol infernal. En el ascensor, segundo sótano: mi reino, garajes unidos, atelier y expo. Solo velas rojas parpadean en nichos. Mis cuadros: accidentes gore, guerra, violaciones colectivas, torturas, hornos nazis. Cuerpos retorcidos, detalles enfermos. Seis meses por tela, carísimas. Bolsitas para vomitar por si acaso. Myriam mira sin pestañear.

—Ese Cristo… —murmura ante mi autorretrato desnudo en cruz, effeminado, dolor y éxtasis carnal. Soldados son tías en bragas riendo como locas. Ella pasa a la santa: yo crucificada, pechos cortados, sangre manando como leche.

—Brutal… Quiero esta. El precio da igual.

—¿Dónde la colgarás? —pregunto, rozándole el brazo sin querer. Su piel caliente bajo la blusa.

—Mi cuarto secreto. Solo mío. Marido ni entra.

Paquete el cuadro. Ella saca fajos de billetes, y… una cuerda.

—Para suicidio, por mi cáncer de tetas. Doble mastectomía en dos semanas. Metastásico. Vi tu obra online, me salvó. Judía ashkénaze, maldición genética.

Sus ojos brillan, lágrimas. La abrazo. —Posa para mí después, desnuda, impúdica. Te haré inmortal, viva, no sombra.

Se queda muda. Mi aliento en su cuello, su perfume mezclado con olor a mujer. —Tabarnak… Sí. Si sobrevivo.

Nuestras manos se entrelazan. Tensión eléctrica. Sus pechos suben y bajan rápido. Mi coño palpita. La beso. Labios suaves, lengua ansiosa. —No aguanto más —gimo.

Explosión de placer y después… el éxtasis

La razón se va a la mierda. Sus dedos en mi nuca, tirando pelo. La arrincono contra la pared, velas tiñendo todo rojo. Le arranco la blusa, pechos perfectos aún, duros pezones. Los chupo voraz, mordiendo suave. Ella jadea: —¡Joder, sí! Muerde más.

Manos en mi falda, subiendo. Mi piel pálida arde. Le bajo los pantalones, tanga empapada. Huelo su coño: salado, caliente. Dedos dentro, resbaladizo, clítoris hinchado. Gime fuerte: —Fóllame ya, loca.

La tiro al suelo sobre lonas sucias de pintura. Le abro piernas, lengua en su raja. Sabe a sexo puro, jugos chorreando. La como entera, chupando labios, metiendo lengua profunda. Ella se arquea: —¡Me corro! ¡Ahhh!

Primera ola, tiembla, me moja la cara. Mi turno: ella me come el coño con hambre. Sus dedos curvos rozan mi punto G, exploto gritando. Polla no hay, pero usa la cuerda: me ata muñecas flojo, me domina. Frota su coño contra el mío, tribbing salvaje. Clits chocando, sudadas, resbalosas. Gruñe: —Tu piel… tan suave, tan fría al principio, ahora lava ardiente.

Me corro otra vez, piernas temblando. La monto, 69 perfecto: yo en su clítoris, ella en mi culo, lengua rim. Olor a sudor, sexo, velas. Dedos en ano, alternando coños. —¡Más adentro! —pide. La penetro con tres dedos, puño casi, ella grita éxtasis.

Clímax final: frotándonos furiosas, uñas clavadas, mordidas en hombros. Explosión mutua, chorros calientes mezclados. Colapso, jadeos.

Después, tumbadas en el suelo pegajoso. Cuerpos exhaustos, sudor enfriándose. La acaricio el pecho doomed: —Sobrevivirás, y follaré esa cicatriz.

Ríe flojo. —Vendré por más. Tu oscuridad me enciende.

La ayudo con el cuadro a la furgoneta. Sol me ciega, pero su beso final quema más. Agenda: llamada en cinco años. O antes, para otro polvo.

Aún siento su sabor. Mi coño duele rico. Vuelvo a pinceles, inspirada en rojo sangre y corrida.

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