Confesión ardiente: follada brutal por dos obreros en la obra

Me llamo Eva, tengo treinta y pico, morena con ojos verdes, soltera empedernida. Mis padres me machacan con lo de casarme y llenar la casa de niños, pero yo… bah, paso. Estudios, curro en el BTP como jefa de obra, rodeada de tíos duros todo el día. Me encanta ese rollo viril, el franc-parler, pero mi vida sexual es un desierto. Echo de menos un buen polvo, manos fuertes, una lengua en mi coño, una polla de verdad. Mis vibradores ayudan, pero no es lo mismo.

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Viernes, 10 de julio, último día antes de vacaciones. Calor de cojones, 29 grados a las nueve. Me pongo un vestido-camisa ligero, florido, con un tanguita y sandalias. Llego al chantier, polvo por todos lados, camiones, grúas, marroquinería piconera. El jefe me recibe con un apretón que duele, me explica retrasos y problemas de seguridad por dos obreros rebeldes pero currantes.

La chispa que encendió el fuego

Me lleva a las barracas. Allí, dos tíos: uno senegalés, alto, musculoso, piel negra brillante; el otro, español creo, moreno mate, torso tatuado, puro macho. Les estrecho la mano, tímida, sudando ya. Entramos, calor asfixiante dentro. Ventilador encendido, puerta cerrada. Mesa, taburetes, catre en un rincón, calendario con una pin-up tetona.

Goteo por la espalda, sien. Me dan un refresco frío, sonríen. Hablamos de curro, pero yo… no sé, la cercanía me pone nerviosa. Sudor, olor a hombre, a sudor fresco. Me mareo, me tumbo en el catre. El ventilador sopla, alivio. Ellos beben birra, cuchichean. Los miro entre párpados: el negro con camiseta blanca pegada al pecho, sonrisa blanca; el español sin camisa, tatuajes sexys, ojos pícaros.

Se acercan. El negro se arrodilla, cara a la mía: “¿Estás bien, preciosa?”. Asiento, voz débil. El otro al pie del catre, mano en mis tobillos. Piel caliente, sube por pantorrillas… muslos. No me muevo, calor me ablanda. El negro desabrocha botones del vestido, mano grande en mis tetas. Dedos en pezón, lo pellizca, endurece. Silencio pesado. Abro piernas sin querer… dedo del español aparta tanga, roza mi raja húmeda. “Joder, está empapada”, dice al otro. Sonrisa cómplice.

La razón se va a la mierda. Tensión insoportable, coño ardiendo.

El clímax salvaje y sin límites

El español arranca tanga, abre piernas, lengua en mi clítoris. Salto, descarga eléctrica. Sabor salado, chupadas expertas. El negro se baja pantalón: polla enorme, negra, gruesa, venosa. La cojo, no cierra mano. Mami el glande, succiono. Se pone a cabalgadas sobre mi cara, lamo huevos pesados. Mientras, el español me come coño, dedos dentro, follándome con ellos.

“¿Te gusta, puta?”, gruñe el negro. “Sí… ay, sí…”, gimo. Sincronizados, polla en boca va y viene, dedos en chocho chapotean. Me siento chorrera, viva. Me levanto, negro se tumba: “Siéntate en mi verga”. Empalo, entra fácil, llena hasta el fondo. Tetas rebotan, chupo polla del español, dura como piedra.

Vaivenes brutales, sudor gotea, olor a sexo fuerte. Cambiamos: a cuatro patas. Español me clava polla en coño, profundo, golpes secos. Negro en boca, folla garganta. “¡Princesa, qué coño tan apretado!”, jadea. Aceleran, pieles chocan, ruidos húmedos. Siento orgasmo subir, ellos tensos. “Me corro…”, grito. Explosión: semen caliente en espalda, nalgas. Yo tiemblo, chocho contraído, placer infinito.

Agotada, feliz. Sudor, semen pegajoso. Me visto, piernas flojas. Problema del curro… ¿importa? Sonrío. Salgo, recuerdo quemándome. Nunca olvidaré esas pollas, ese calor, esa follada de infarto.

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