Ay, chicas, aún tiemblo al recordarlo. Me desperté esa mañana con el cuerpo dolorido, pero el coño palpitante de lo que había pasado la noche anterior con Wilfried. Anne y yo bajamos desnudas, siempre desnudas, y allí estaba Eleonore, su piel suave rozando la mía al abrazarnos. Wilfried nos ordenó sentarnos en el sofá, piernas abiertas, acariciándonos despacio, sin corrernos, en silencio. Mis dedos rozaban el muslo de Eleonore, tan cerca de su raja húmeda… olía a sexo, a sudor fresco.
Sonó el timbre. Era Cedric, el chico del tienda que me había pajado ayer. Entró desnudo, rojo como un tomate, polla colgando. Se puso en posición frente a nosotras, manos atrás, y ¡zas!, se le puso dura como una barra de hierro. Wilfried lo humilló, lo hizo confesar que le gusté, que se corrió por mí. Anne y Eleonore lo rozaron con tetas, culos, sin tocarle la verga. Yo me masturbaba viéndolo, dedos hundidos en mi coño chorreante, el clítoris hinchado. Él gemía, polla temblando sola, hasta que explotó en chorros calientes sobre su vientre.
La chispa que encendió el infierno del deseo
Pero eso fue solo el principio. Wilfried se lo folló el culo mientras lamía a Anne, y nosotras mirábamos, cachondas perdidas. Luego nos mandó con Maestra Matilda. En el parking, desnudas, nos hizo besar sus labios lampiños, lengua dentro, saboreando su flujo dulce. Subimos a la casa, directo a la mazmorra: cadenas, látigos, mesa de gineco… El corazón me latía fuerte, miedo y deseo mezclados. Me puso collar y cadena como perra, a cuatro patas. Anne y Eleonore colgadas, piernas abiertas con barras.
Matilda se plantó delante, coño abierto: ‘¡Chúpame, puta!’. Me agarró el pelo, frotó su chochito en mi cara, badineazos en las nalgas, rozando mi ano y clítoris. Dolía un poco, pero… uf, me mojé más. Lamí su clítoris duro, succionándolo, hasta que se corrió en mi boca, cyprine espesa. Luego me hizo lamer a Anne, sus muslos temblando, mientras Matilda me frotaba sus tetas en la espalda, pubis en mi culo.
El clímax brutal y el éxtasis sin fin
Con Eleonore fue brutal: la electrificó, teta a teta, ano, coño… Ella squirteaba ríos sobre mi cara, yo abriendo la boca para beberla, caliente, salada. Me ataron igual, ojos vendados. Silencio. Luego… manos. Cuatro manos en mí. Dedos en mi coño, ano, tirando labios, lengua en clítoris. Cuerpos desnudos frotándose, tetas contra las mías, pubis rasurado en mis nalgas. ‘Mmm… sí…’, gemí. No sabía quiénes. Orgasmo brutal, piernas temblando en las ataduras.
Más manos, torpes, expertas. Olor a sudor, coños, perfume. Gritos de Anne, de Eleonore corriéndose. Clacas en culos, succiones. Yo eyaculaba una y otra vez, coño ardiendo, ano penetrado, clítoris succionado. ¿Cuántas? Veinticuatro, dijo después. Cuerpos gordos, flacos, frotándose. Otro orgasmo, chorros míos salpicando.
Todo paró. Besos, ‘Gracias, guapa’. Agotadas, sudadas, felices. Matilda nos desató, nos duchamos juntas, jabón resbalando por curvas, caricias suaves. Wilfried me recogió, pero mi coño aún palpitaba. Ese día… cambió todo. Recuerdo el calor de esas pieles, el sabor de cyprine ajena, los temblores. Quiero más.