Confesión de monja: Mi coño ardió con un alumno en la biblioteca

Me llamo Hermana Gertrudis, tengo 42 años, mido 1,70, 62 kilos, tetas de 90C firmes aún, pelo castaño oscuro, ojos verdes y un coño con pelito normal, jugoso. Llegué al instituto de las Hermanas de la Redención en las afueras de Madrid, transferida desde el sur. Enseño mates y ciencias a chavales de 18 a 22 años, pijos con pasta. Al principio todo normal, hábito azul holgado, falda hasta las rodillas, sujetador clásico y portaligas blancos que me hacen sentir mujer debajo.

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Pero en la biblioteca… ay, esa puta biblioteca. Buscaba un libro para clase, sola por la tarde. Me subí de puntillas a una silla antigua, con respaldo bajo y un poste tallado rematado en una bola de madera como un glande hinchado. Rozó mi pubis por encima de la falda. Un cosquilleo… uf. Me moví otra vez, curiosidad. El roce en mi coño, a través de la braga fina. Mi clítoris despertó, latiendo. Hacía años sin nada, desde que tomé votos. El calor subió, pezones duros contra el sujetador.

La chispa que encendió mi fuego interior

No paré. Me froté más fuerte, subiendo y bajando. Sudor en la nuca, aliento corto. ‘Dios mío, no…’, pensé, pero mi coño chorreaba. La tensión creció, insoportable. La razón gritaba ‘¡pecado!’, pero el deseo mandaba. Me mordí el labio, ojos cerrados. La piel ardiendo, olor a mi excitación subiendo. Tenía que correrme o explotar.

Entró Pablo, un alumno de 20 años, alto, musculoso, con esa mirada de lobo. ‘Hermana, ¿necesita ayuda?’, dijo con voz ronca. Yo jadeando, falda arrugada. Él vio todo, mi cara roja, piernas temblando. Se acercó, olí su colonia mezclada con sudor masculino. ‘Estás… caliente, hermana’, murmuró. Dudé, ‘No, Pablo, vete…’. Pero él rozó mi cadera. Mi coño palpitó. La razón se rompió. Lo besé, salvaje, lengua dentro.

La follada salvaje sin frenos

Lo empujé contra la mesa. ‘Fóllame, joder, no aguanto más’, gemí. Le bajé los pantalones, su polla saltó dura, gruesa, venosa, 20 cm de puro vicio. La olí, salada, caliente. Me arrodillé, la chupé golosa, saliva goteando, bolas en la mano. Él gruñó, ‘¡Hostia, hermana, qué boca!’. Me levantó la falda, quité la braga empapada. ‘Mira tu coño, peludo y abierto’, dijo, metiendo dos dedos. Gemí alto, jugos por sus manos.

Me tumbó en la mesa, libros cayendo. Separó mis piernas, portaligas tensos. Me penetró de un golpe, ‘¡Ahhh, sí, rómpeme!’, grité. Su polla me llenaba, rozando el fondo, clítoris frotando su pubis. Follando brutal, piel contra piel chapoteando, sudor mezclado. Olía a sexo puro, coño y polla. Cambiamos, yo encima, tetas fuera, rebotando. Le clavé uñas, ‘Más fuerte, cabrón’. Él me pellizcó pezones, ‘Tu coño aprieta como puta’. Orgasmos uno tras otro, yo chillando, él corriéndose dentro, leche caliente inundándome.

Caímos exhaustos, jadeos pesados. Su polla salió chorreando mi corrida y su semen. Lamí la bola de madera de la silla, sabor a mí, luego su polla blanda. ‘Eres una guarra santa’, rió él. Yo, temblando de placer, piernas flojas. Cansancio feliz, coño palpitando aún, lleno de su esencia. Lágrimas de culpa y éxtasis. Me vestí, beso rápido. ‘No digas nada’. Ahora, en mi celda, revivo el olor, el sabor, su polla en mi boca. Dios me perdone, pero lo repetiría. Mi cuerpo grita por más.

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