Confesión: La niebla que encendió mi coño en llamas

Ay, chicas, acabo de llegar a casa y aún tiemblo. Os lo cuento fresco, como si estuviera reviviéndolo ahora. Anoche volvía tarde del rodaje, esas fotos en lencería que me dejan el cuerpo ardiendo. La calle empedrada, renovada hace poco, resonaba con mis tacones altos, negros, apretando mis pantorrillas. Llevaba una chaqueta larga marrón rozándome las piernas, el gorro cubriendo mi melena rubia revuelta, el cuello del jersey grueso subido hasta la barbilla. El aliento salía en nubecitas calientes, el aire helado me erizaba la piel.

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La niebla era espesa, como sopa de guisantes, los faroles apenas iluminaban charcos amarillos. Todo parecía amenazante: una papelera, un cartel… sombras. Me giraba cada dos por tres. Pasos. Al principio, pensé que era otro currante volviendo tarde. Pero no, se acercaban. Imitaban mi ritmo: yo aceleraba, ellos igual; paraba, ellos paraban. Joder, ¿por qué acabé tan tarde? Ni bus, ni metro, nadie de la agencia para acompañarme.

La chispa en la oscuridad

Estaba a cien metros de mi piso. Casi salvada. Tropezaron con una botella, rodó traqueteando. Un gato maulló furioso, me puse a temblar. Corrí, resbalando en los adoquines, rebuscando el móvil en el bolso. Nada. Ni llaves. Una mano en mi hombro. Grité, me giré. Él. Alto, ojos azules brillando en la niebla, pelo rubio corto, olor a hombre sudado, a deseo crudo. ‘¿Qué quie…?’ No acabé. Su boca en la mía, dura, hambrienta. Mi cuerpo traidor se arqueó contra el suyo. El miedo se volvió fuego. Su piel caliente bajo la chaqueta, aliento corto en mi cuello. ‘Te sigo deseándote desde el principio’, murmuró ronco. Sus manos en mis tetas, apretando. Gemí. La razón… puff, se fue a la mierda.

El clímax sin control

Me empujó contra la pared, fría contrastando su calor. ‘No pares’, jadeé. Me bajó las bragas de un tirón, el aire helado en mi coño ya mojado. Olía a sexo, a mí, a él. Su polla dura contra mi muslo, gorda, palpitante. ‘Fóllame ya’, supliqué, voz rota. Me levantó una pierna, entró de golpe. ¡Joder! Llenándome entera, rasgando placer. Bombeaba fuerte, salvaje, mis tetas rebotando libres del jersey. ‘¡Más! ¡Rompe mi coño!’, gritaba yo, uñas en su espalda. Sudor goteando, mezclándose. Su lengua en mi boca, salada. Me giró, contra el muro, polla hundiéndose profunda, cacheteando mi culo. Clit hinchado rozando su mano, orgasmo subiendo como lava. ‘Me corro… ¡ahhh!’, exploté, temblando, chorros calientes bajando piernas.

Él gruñó, ‘Toma mi leche’, y se vació dentro, chorros calientes inundándome. Nos quedamos jadeando, pegados, su polla aún latiendo en mí. La niebla nos envolvía, como secreto. Me bajó despacio, besos suaves ahora, mordisqueando mi cuello. ‘Eres una puta increíble’, rio bajito. Yo, exhausta, feliz, piernas flojas, coño palpitando lleno de su semen. Caminamos a mi piso, su brazo en mi cintura. Dentro, nos derrumbamos en la cama. Olor a sexo impregnado en sábanas. ‘¿Volverás?’, pregunté, acurrucada. ‘Cada niebla’, prometió. Aún siento su calor, el ardor. Mañana duele, pero sonrío. Viví mi deseo al 100%, sin tabúes. ¿Y vosotras, chicas?

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