Ay, chicas, ese verano del 2003 en Lyon fue infernal. 36 grados a la sombra, ni el río Saona refrescaba. Vivía en un piso con terraza al río, pero la bodega común era el único sitio fresco. Yo, Lenia, pelirroja con curvas que cuido a muerte: depilación cada dos semanas, lencería fina Passionata, tetas firmes y culo redondo del step. Esa noche, me preparaba para salir con amigas, mini Cooper lista, pero olvide el Viognier en la bodega. Bajé con tacones, shorty blanco asomando bajo el pantalón corto.
Allí estaba Eymeric, mi vecino el mecánico. Alto, 1,78, cuerpo duro de VTT, camiseta surf pegada al pecho musculado. Sudado, arreglando su bici. ‘Buenas’, dije, jadeando por abrir esa puerta jodida. Él levantó la vista, ojos clavados en mi escote calculado. ‘Qué calor, eh’, balbuceé. Él: ‘Sí, casi me mato en el monte’. Busqué la botella, leyéndola en voz alta para romper el hielo. ‘Ponla fría, está mejor’, dijo él, poniéndose de pie. Dios, qué bien olía a hombre sudado y jabón.
La chispa que enciende el fuego
La puerta se atascó al salir. Pidió ayuda sin palabras. Tiró… y el pestillo se rompió en su mano. ‘Mierda’, susurró. Probamos todo: herramientas, hombro contra madera. Nada. ‘Estamos jodidos hasta mañana’, dijo, voz baja. Los vecinos fuera o pegados a la tele. Sacó el corcho con un destornillador, tazas sucias de su bidón. Improvisamos un sofá viejo con cajas de vino. Brindamos: ‘A esta noche loca’. El Viognier dulce bajaba fácil, calor subiendo. Hablamos tonterías, risas, cada tres minutos luz con el temporizador. Sus ojos en mis tetas, los míos en su paquete marcado.
A las 23, tropecé, caí con la cabeza en su regazo. Su mano en mi pelo rizado… ‘¿Estás bien?’, murmuró. No me moví, piel ardiendo. Nuestras bocas se rozaron, tímidas al principio. Luego, lengua dentro, hambre. Me subí a horcajadas, coño palpitando contra su polla dura bajo el jean. ‘¿Abusas del vino?’, bromeé. ‘No… quiero esto tanto como tú’, gruñó, manos en mi culo. La razón se fue a la mierda.
Explosión de placer sin límites
Le arranqué la camiseta, lamí sus pecs salados, pezones duros. Él abrió mi blusa, agrafa del sujetador saltó. Tetas libres, succionó mis pezones erectos, mordisqueando. Gemí fuerte, ‘Sí, así…’. Bajé su cremallera, polla tiesa saltó del bóxer, gruesa, venosa. La mamé despacio, lengua en el glande, saliva chorreando. ‘Joder, qué boca’, jadeó, mano en mi nuca. Dedos suyos en mi coño empapado, clítoris hinchado. Metí dos, bombeando, olor a sexo llenando la bodega oscura.
Alguien pasó, corrimos a la puerta medio desnudos, risa histérica. Nuestros cuerpos al fin a la vista: él con polla goteando, yo con coño reluciente. ‘Estás buenísimo’, dije. Armó un colchón con mantas. Me monté, guié su polla a mi coño chorreante. ‘¡Entraaa!’, rugí. Follando lento, luego salvaje, tetas rebotando. Mané su clítoris, orgasmo me partió: ‘¡Me corro, hostia!’. Cambiamos: a cuatro, ‘Más arriba, fóllame el culo’. Lubri con mi jugo, glande en ano apretado. Entró suave, luego pildorazo brutal. ‘¡Rompe mi culo!’, grité. Él eyaculó jets calientes dentro, manos marcando mis nalgas.
Agotados, besos pegajosos, sudor mezclado. ‘Buenas noches, vecino’, susurré, durmiéndome en sus brazos. Mañana, la abuela del primero abrió. Desayuno prometido, ducha juntos. Ese polvo en la bodega… inolvidable, chicas. Deseo puro, sin tabúes.