Ay, chicas, no puedo creer que os cuente esto, pero pasó hace nada. Estaba en lo alto de las murallas del castillo de Ranelroc, viendo volver a mi padre con sus tropas. Entre los esclavos, vi a ÉL. Arûnzir, un troll enorme, piel verde oscura llena de cicatrices, músculos que parecían tallados en piedra. Sus ojos turquesa me clavaron en el sitio. Su pagne dejaba ver… dios, esa polla gruesa marcada debajo. Sentí un calor entre las piernas que no paraba.
Le pedí a mi padre que me lo regalara para mi cumpleaños. ‘¿Un troll? ¿Estás loca?’, me dijo, pero cedió. Esa noche, después de la cena, llegó a mis aposentos. Limpio, oliendo a jabón fresco, pero con ese olor salvaje debajo. Llevaba el collar mágico, pero sus ojos… me desnudaban. Me acerqué, mi vestido azul pegado al cuerpo, pezones duros rozando la tela. ‘Hueles mejor ahora, Arûnzir’, le susurré, oliéndole el cuello. Su piel ardía, áspera bajo mis dedos.
La chispa que encendió el fuego
Él dudó, ‘¿Por qué me quieres aquí, humana?’. Yo, con el corazón latiendo fuerte, le acaricié la mejilla. ‘Quiero divertirme contigo’. Me puse de puntillas, le besé. Sus labios gruesos, su lengua áspera invadiendo mi boca. Me apretó contra su pecho, su polla ya dura contra mi vientre. Dios, era enorme. La toqué por encima del pagne, palpitando, caliente como hierro. Mi coño se mojó al instante, chorreando. La razón… se fue. Solo quería eso dentro de mí.
Sus manos grandes bajaron mi vestido, amasando mis tetas. Pezones erectos entre sus dedos callosos. Gemí, ‘Sí, así…’. Me empujó al lecho, pero yo tiré del pagne. Su verga saltó libre: corta pero tan gorda, venas hinchadas, glande morado brillante. ‘¿Entrará?’, dudé, pero él gruñó, ‘Te preparo primero, Clara’.
El clímax salvaje y el éxtasis
Se arrodilló entre mis muslos, abriéndolos como si nada. Su boca en mi coño, chupando el clítoris con fuerza. Lengua gruesa, larga, metiéndose dentro, lamiendo paredes, saboreando mis jugos. ‘¡Joder, Arûnzir! ¡No pares!’, jadeé, tirando de su melena dorada. Olía a sexo, mi humedad y su saliva mezclados. Me lamió hasta el borde del orgasmo, pero paró. Puse su glande en mi entrada, resbaladiza. Empujó despacio. Dolor al principio, estirándome hasta romperme. ‘¡Lento, coño, eres gigante!’, grité mordiéndome el labio.
Entró todo, bolas pesadas contra mi culo. Empezó a bombear, lento al principio, luego salvaje. Cada embestida me llenaba, rozando sitios que nadie tocó. Sudor goteando de su frente al mío, aliento caliente en mi cuello. Agarré sus brazos, uñas clavadas. ‘¡Más fuerte, fóllame como un animal!’, le rogué. Él rugió, pellizcando mi clítoris, chupando tetas. Mi coño lo apretaba, ordeñándolo. Orgasmos me barrieron, contrayéndome alrededor de su polla. Él explotó dentro, semen caliente inundándome, gruñendo mi nombre.
Caímos exhaustos, yo acurrucada en su pecho ancho. Su corazón latía fuerte, piel pegajosa de sudor. ‘Uf… nunca imaginé follar tan bien con una humana’, murmuró. Yo, sonriendo, ‘Y yo con un troll. Eres adictivo’. Olía a nosotros, sexo puro. Me besó la frente, tierno. Esa noche dormimos abrazados, su calor envolviéndome. Mañana… ¿quién sabe? Pero ese recuerdo quema aún.