Confesión: Cómo seduje a Sandra y la hice gemir con mi polla de correa

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Soy Andrea, esa española fogosa que vive el sexo a tope. La semana pasada, en nuestro piso compartido, pillé a Sandra sola en el salón del sótano. La rousse irresistible, siempre tan dura, estaba hundida en el sillón, pies en el puff, leyendo tranquila. Sus ojos… uf, desde que me vio sentada en la cara de Marianne, no paraba de mirarme. El apartamento vacío, el deseo me quemaba el coño.

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Bajé de mi cuarto con los brazos llenos, la vi y… pum. Salí, me acerqué. Ella sonrió, nerviosa, volvió al libro. No pude más. Me puse frente a la estantería junto a la chimenea, de espaldas, arqueé la cadera. Lentito, meneé el culo, subí en puntas de pie fingiendo mirar por la ventana. En el reflejo del cristal, sus ojos clavados en mis nalgas. Calor subiendo, mi piel erizada.

La chispa que enciende el fuego

Me giré, caminando con swing, me senté al lado. Mi coño palpitaba. Directa: “¿Por qué no follas con tías?”. Se puso roja como tomate. “Yo… no sé. No me ponen”. Le puse la mano suave en el muslo. “¿Ah no? Parecías bien cachonda viéndonos correr Marianne y a mí”. Ella callaba, el recuerdo la ponía tiesa.

“A ti te va lo sensual, ¿no? Una mujer es puro fuego”. Pensó. “Les falta la polla de un tío, esa fuerza bruta”. Sonreí pícara. “¿Solo eso? ¿Si tuviera polla me chuparías?”. Balbuceó: “Eh… no sé”. Acercé mi cara, labios calientes sobre los suyos. Dulces, húmedos. Ella no se apartó. Abrí la boca, lengua dentro. Se rindió, la suya bailando con la mía. Pasión, saliva mezclada. Mano en su teta, se arqueó. La miré: ojos hambrientos, cara ardiendo.

“Levántate”. Dudó, obedeció. “Quítate la ropa”. Botones del blouse blanco volando, pantalón negro abajo, sin bragas. Su coño rosado, jugoso. La ayudé a quitárselo, manos en rodillas, piel suave. Piernas abiertas. “El top”. Se lo sacó, tetas libres, duras. Dedo en su chocho húmedo, vaivén. Otra mano en nalgas. Gemía bajito. Chupé mi dedo, lo metí en su culo fruncido. Dos en la concha, lengua lamiendo clítoris. Gritó, orgasmo la partió en dos. Cuerpo temblando, cabeza atrás.

“Qué guapa corres”. Le unté jugos en el hombro. “Ahora a mí”.

La tensión rompió todo. Razón voló por la ventana.

El clímax salvaje y sin frenos

Le quité la ropa torpe pero ansiosa. Tetas libres, bragas rojas cubriendo mi raja pelirroja. Boca a boca, mamelones rozando, su miel en mis labios. Me saboreó, loca. La giré: “Siéntate y espera”. Cogí mi bolsa de la habitación. Volví, piernas abiertas frente a ella, mano en su pelo.

“Chúpame”. Lengua en labios mayores, dedo dentro girando. Clítoris hinchado, lo mamó. “Más rápido”. Dos dedos, lengua furiosa. Me corrí gritando, jugos en su barbilla, tetas. Tragó, lambió.

“Date la vuelta”. Dedos en su coño, saqué cuerda azul. Manos atrás, atadas. Polla de correa veinada, color piel, ceñida a mi cintura. “De rodillas, mámala”. La chupó mirándome, saliva goteando.

Al poste, atada, tetas al aire. Gode rozando vientre, coño. Mordí pezones. “Dime que la quieres”. “Fóllame”. Empujé lento, hasta el fondo. Pistoneo brutal, tetas en mi boca. Corrió temblando, pierna en mi cintura.

Solté una mano, cayó. “De rodillas, culo arriba”. Atada alto, rodillas abiertas. Gode lubricado en su ano. Entró despacio, luego salvaje. Gemía hoqueteando, “más hondo”. Se corrió explotando, yo también suave, viéndola.

La desaté, nos acurrucamos sudadas, coños pegados. Olor a sexo, aliento corto. Dormimos exhaustas, felices. Aún huelo su culo en mis dedos. Qué noche, chicas.

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