Confesión ardiente: Me follé al compañero en los baños de la oficina

Ese día, mi coño me ardía desde la mañana. Me desperté de un sueño erótico, con las bragas chorreando, el clítoris hinchado pidiendo guerra. Intenté montarme encima de mi marido, pero él, gruñón: ‘Cariño, llegamos tarde al curro, ¿no ves la hora?’ Ni caso. Me vestí con el coño palpitando, frustrada como una perra en celo. En el coche, la bruma de la campiña no calmaba mi calentura. Pensaba en playas exóticas, en untar aceite en el culo prieto de un moreno…

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Llegué al trabajo, pila de papeles esperándome. A los 32, con dos niños, odiaba pensar en años de rutina. Me metí en faena para distraerme. Solo un vistazo al mozo de la limpieza, agachado limpiando cristales, con el paquete marcado en los pantalones, me puso a mil otra vez. ‘Joder, María, contrólate’, me dije, mientras intentaba mear con el coño tan mojado.

La chispa que encendió el fuego

Era miércoles, oficinas medio vacías por las 35 horas. En la sala de descanso, café en mano, oí a Javier peleando con la fotocopiadora. ‘¿Alguien sabe de estas máquinas? Recto verso y se atasca’, gritó. Javier, 29 años, moreno, ojos verdes, culo duro de tanto gym. Siempre me comía con la mirada, y yo a él. ‘Voy a echar un ojo’, dije, siguiéndole el culo en esos vaqueros ajustados. Líneas de calzoncillos asomando… hmmm.

Abrí el panel lateral, olor a papel caliente. ‘Atasco en T2’, murmuré, sudando con él tan cerca. Su colonia me mareaba, su aliento en mi cuello. Localicé el papel, pero mi coño latía. Él se agachó a mi lado, roce de muslos. ‘¿Va bien?’, sonrió. ‘Hay otro problema…’, susurré, guiando su mano a mi falda, donde notaba mi humedad. Él la deslizó, tocando mi tanga empapada. ‘Joder, estás chorreando’, jadeó. Mi razón se fue a la mierda. Le cogí la polla por encima del pantalón, dura como piedra. ‘Te quiero dentro, Javier. Ahora.’

Se levantó: ‘Vamos a ver si arranca’. Yo: ‘Espera…’, respirando agitada. Copié manual, él bebiendo café con ojos de lobo. Un gesto suyo, y le seguí al baño para discapacitados. Grande, limpio, perfecto. Cerró el pestillo, me abrazó fuerte. Olía a hombre, sudor fresco. Enterré la cara en su cuello, pechos aplastados contra él. Su mano en mi nuca, giro de caras… beso brutal. Lenguas enredadas, succionando labios, mordiscos. Le apreté la polla contra mi vientre. ‘Fóllame’, gemí.

El polvo salvaje sin frenos

Desabotoné su camisa, él mi blusa. Luchó con mi sujetador, ¡zas! Tetas libres, pezones duros como piedras. Me chupó uno, tirando con dientes, mientras yo bajaba su cremallera. Polla gruesa, venosa, goteando precum. La pajé despacio, sintiendo el calor, el pulso. Me giró, besos en la espalda, bajó mi falda. Nariz en mis nalgas, mordiendo el tanga. Lo arranqué, él olió mi coño: ‘Hueles a puta cachonda’. Dedos en mi raja, chapoteo, clítoris palpitante. Me empujó al muro, polla frotando mi culo. Intentó metérmela por detrás, pero ángulo malo. ‘Espera…’, dije, haciendo un cojín con la falda. A cuatro patas, él lamió mi coño, lengua plana en los labios, saboreando mi jugo salado.

Guie su glande: entró despacio, ¡joder, qué relleno! Calor envolvente, paredes apretando. Agarró mis caderas, embestidas fuertes. Plaf, plaf, couilles chocando, mi lefa salpicando sus huevos. ‘¡Más fuerte, cabrón!’, grité. Gemí como loca, coño contrayéndose, olor a sexo denso. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Veía sus venas en el antebrazo, sudor goteando. Quise su dedo en el culo, pero no osé. Él aceleró, gruñendo: ‘Me corro…’. Chorros calientes dentro, yo explotando en espasmos.

Me desplomé, él sobre mí, besos suaves en hombros. ‘Gracias, María, ha sido la hostia’, susurró. Sonreí, ruborizada: ‘Queda entre nosotros, ¿eh?’. ‘Prometido’. Me ayudó a vestirme, abrazo último. Salimos por separado, falda arrugada pero disimulada.

Ha pasado una semana, nos esquivamos. Distancia para pensar. ¿Repetimos? El recuerdo me moja cada noche: su polla abriéndome, el olor, los gemidos. Fatiga feliz, pero ganas de más.

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