Ay, chicas, no puedo más, tengo que contároslo. Soy Carla, la asistente española de Don en su despacho de Chicago. Hoy… uf, hoy ha sido una locura. Estaba tumbada boca abajo sobre su escritorio, con la falda subida hasta la cintura, mi culo al aire, redondo y apetecible. Su polla gruesa ya dentro de mi coño húmedo, caliente, resbaladizo. Me penetraba lento al principio, sus manos apretando mis nalgas. Olía a sexo, a sudor fresco, a su colonia mezclada con mi excitación.
—Don, ¿pensarás en mi aumento? —le susurré, girando la cabeza, mordiéndome el labio.
La chispa que encendió el fuego
Él paró, su verga tiesa quieta en mí. Sentí el pulso latiendo dentro. —Carla, ¿ahora? ¿En serio?
Sonreí, moví las caderas un poco. —Sí, cuando me follas así estás más… receptivo. La inflación, el precio de la energía… mi parking…
Se rió bajito, pero volvió a empujar. Fuerte. Sus caderas chocando contra mí, el borde del escritorio mordiendo mi pelvis. Clac, una nalgada en mi nalga derecha. Ardía. —Sigue hablando, puta negociadora.
Grité suave, mi coño se apretó alrededor de él. —Los impuestos… suben…
Agarró mis pelos, tiró mi cabeza atrás. Me arqueé más, su polla entró hasta el fondo. Olía su aliento caliente en mi cuello, jadeos cortos. Mi piel ardía bajo sus dedos arañando mi espalda baja. La tensión crecía, insoportable. Quería correrme ya, pero él aceleraba, salvaje. —¡Un dólar más al mes!
El clímax desbocado y el después ardiente
—No basta… —gemí, ondulando el culo contra él. Su verga palpitaba, hinchándose. La razón se iba… solo deseo puro.
De repente, todo estalló. Me folló como un animal, polla embistiendo mi coño chorreante, bolas golpeando mi clítoris. Sudor goteando de su pecho a mi espalda. —¡Joder, Carla, tu coño aprieta tanto! —gruñó, nalgada tras nalgada, mis nalgas rojas.
Yo gritaba: —¡Más fuerte, Don! ¡Fóllame mientras me das el aumento! —Sus caderas un pistón, mi coño tragándolo entero, jugos bajando por mis muslos. Sentí su polla endurecerse más, el glande rozando mi punto G. Clit hinchado, palpitante. Él tiró mis pelos fuerte, yo me corrí primero, un chorro caliente salpicando el escritorio. —¡Sí, coño, sí!
Él no paró, me clavó profundo, rugiendo. Sacó la polla a tiempo, leche caliente salpicando mi culo, mi espalda. Jadeos entrecortados, olor a semen fresco. Me corrí otra vez solo con sus dedos en mi clítoris.
Caímos exhaustos. Él sobre mí, peso caliente, polla blanda contra mi nalga. —Vale… aumento de cinco dólares. Y prime por… esto.
Sonreí, besé su mano sudada. —Gracias, jefe. La piel aún quema, mi coño palpita. Recuerdo cada embestida, el calor de su semen enfriándose en mi piel. Fatiga dulce, feliz. Mañana… ¿repetimos?