Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Fue en el espectáculo de fin de año de mi escuela de baile. Yo era la pirata, ¿sabéis? Esa que finge la pierna de palo y luego se rebela como esclava. En la escena de la subasta, me arrancan los velos y quedo casi desnuda, con mi collant carne bien pegado a mi monte de Venus hinchado. Sentí todas las miradas, pero la suya… el videógrafo, Jérôme, me taladraba con su cámara. Su zoom devoraba cada curva de mi cuerpo voluptuoso. No soy flaca como las pros, tengo tetas grandes, caderas anchas y un culo que rebota. Me mojé ahí mismo, en el escenario, oliendo a sudor y excitación.
Después del show, en el pot, se me acercó. ‘Eres increíble’, me dijo con voz ronca. Sus ojos bajaban a mis pechos. Cenamos, bebimos, y le di mi dirección del registro. Días después, me llama: ‘Tengo una cinta solo para ti’. Fui a su casa con el corazón latiendo fuerte. No, espera, mejor: yo lo invité a la mía. Vestida con un camisón de satén azul que se me pegaba al sudor. Ponemos la cinta. Ralentíes en mi desnudez falsa, zoom en mi concha carnosa. Se me pone dura la respiración. ‘¿Qué piensas?’, pregunta él. Suspiro: ‘No me gusta verme así… pero tú… pareces fascinado’. Le confieso que odio mi cuerpo salvo… mi concha. Esa que amo desde niña, glabra, perfecta, con labios morenos y rosados dentro. ‘¿Quieres verla de verdad?’, le digo, temblando.
La chispa que encendió el fuego
Me lleva a mi cuarto. Es mi templo: espejo enorme, foco en el sillón bajo con piernas cortas para abrirme bien. Me quito el camisón, tetas rebotando libres, pezones duros. Mi monte de Venus brilla, depilado al laser, liso como seda. ‘Mírala’, le ordeno. Se pone de rodillas. Yo cojo mis prismáticos y miro mi coñito en el espejo, acariciándolo suave. Se abre despacio, labios como alas de mariposa, olor a miel y anís de mis caramelos. ‘Háblale’, digo riendo nerviosa. Él balbucea: ‘Hola, preciosa…’. La tensión es insoportable. Mi clítoris palpita, cyprine goteando. Le dejo un beso suave, sin barba. Su lengua… dios, lame despacio. ‘¡Sí, así! Pero pide permiso’. Pierdo la cabeza. ‘Chúpame más, lame mi ano también’. Dedos dentro, frotando mi G, pulgar en el culo. Gimo, jadeo, ‘¡Me vengo!’. Pero no paro. La razón se va al carajo.
El clímax brutal y sin frenos
De repente, lo empujo al colchón. ‘Mi concha te quiere dentro’. Me pongo a cuatro patas, culo al espejo. Le chupo la polla dura, venosa, gimiendo con su sabor salado. En el espejo, veo mi coño babear: una burbuja enorme de jugos, iridiscente. ‘¡Foto!’, grito. Él saca la cámara, clic clic. ‘Fóllame ya’. Empuja, mi burbuja explota en gotas calientes. Entra hasta el fondo, chocando mi cervix. ‘¡Qué coño tan apretado, tan guloso!’, gruñe. Yo: ‘¡Dale duro, rómpeme!’. Me embiste en levrette, salvaje. Saliva en mi ano, dedo dentro. Manosea mis tetas, pellizca pezones, azota mi culo rojo. ‘¡Más, cabrón!’. Grito, me corro chorros, él sigue machacando. Cambio posición, yo encima, rebotando, clítoris frotando su pubis. ‘¡Me vengo otra vez!’. Él explota dentro, semen caliente llenándome, goteando por mis muslos.
Caemos exhaustos, sudor pegajoso, olor a sexo denso en el aire. Mi concha palpita aún, hinchada y satisfecha. ‘Ha sido… brutal’, susurro, besándolo. Él se va, pero yo me quedo tocándome, recordando cada embestida, cada lamida. Días después, le di el godemiché high-tech. En la cena, lo activo remoto: vibra, se hincha. Camino temblando, coño chorreando. En el coche, me corro gritando como puta. Llegamos, follamos de nuevo. Ese recuerdo me pone cachonda aún. Mi concha manda, y yo la obedezco al 100%. ¿Queréis más detalles?