Confesión caliente: La hija tullida de mi vecina me hizo perder el control

Acabo de mudarme a este edificio cutre, el ascensor siempre jodido. Bajo al hall y veo a Rosa, mi vecina de sesenta y pico, luchando con dos garrafones de agua. Baja, pero con un culo enorme que se menea. ‘¿Necesitas ayuda?’, le digo. ‘¡Sí, guapa! Gracias, el ascensor no funciona desde hace días’. Subo las garrafas hasta su piso, sudando. Me invita a un aperitivo para agradecer. Ahí está su hija, Lucía, de unos cuarenta como yo. Joder, qué impresión. Rostro desfigurado, todo torcido por un accidente de coche. Camina rara, habla arrastrando palabras, con el paladar jodido. Me cuenta Rosa que el marido las dejó por eso. Pobre chica, inteligente pero atrapada en ese cuerpo roto. Cenamos juntas, la comida está buena, Rosa feliz de compañía. Lavo platos con ella en la cocina. ‘Lucía está deprimida, necesita un polvo, nadie la toca desde el accidente. Tú le gustas, ¿lo harías?’. Me quedo muda. ¿Follar con esa? Piedad y asco mezclados. Pero veo su culo grande como el de su madre. ‘Hay condones en su mesita’, dice Rosa como si ya estuviera hecho.

Vuelvo al salón, Lucía mira la tele. Rosa se va a dormir: ‘Buenas noches, jóvenes’. Silencio pesado. ‘No tienes que hacerlo’, dice ella despacio, clara. Hablamos de su cara, del accidente. ‘Me reconstruyen poco a poco, pero duele el alma más’. Me cuenta de mí, sabe todo. Mi divorcio reciente. Son casi las doce, charlamos. ‘¿Helado?’, propone. No miro su cara, evito. ‘Me voy a la cama… o ¿vienes conmigo? No te fuerces’. Me tiende la mano. La cojo. Entramos en su cuarto oscuro. Manosea mi pantalón, baja la cremallera. Se arrodilla torpe, lame mi coño ya húmedo. Su lengua caliente, torpe pero ansiosa. Gimo bajito. Huelo su excitación, almizcle fuerte. Me tumba, se sube a mi cara, frota su chocho empapado. Jugos calientes me ahogan, lameo su clítoris hinchado. ‘¡Fóllame! ¡Por favor!’, gruñe. La tensión explota, razón fuera. Cojo un condón, se pone a cuatro patas, culo XXL temblando. Le meto los dedos, está chorreando. Cambio, me pongo un strap-on que saca del cajón. La penetro duro, su carne caliente aprieta. Gime fuerte, ‘¡Más! ¡Joder, sí!’. Ignoramos a Rosa al lado. Le azoto las nalgas blancas, sudadas. Su cuerpo tiembla, orgasmea gritando, espasmos calientes.

La chispa que enciende el fuego prohibido

Me pide que la lama más. Me hundo entre sus muslos, chupo su coño palpitante, olor a sexo puro. Se retuerce, clítoris sensible, hurga mi pelo. Corre otra vez, jugos en mi boca. Nos acurrucamos desnudas, piel pegajosa, sudor mezclada. Ronronea contra mi pecho, feliz. Dormimos enredadas. Al amanecer, luz filtra, su cuerpo marcado, tetas desiguales con cicatrices, metal bajo piel. Me excita igual, mi coño palpita. La acaricio, despierta con gesto-grima. ‘Por detrás, no mires’. Levanta ese culo perfecto, blanco, redondo. La follo lento al principio, luego brutal, embistes profundas. Gime ahogada, vientre contra su espalda caliente, aliento corto. Corro dentro, ella tiembla.

Bajamos a cocina, Rosa sonríe: ‘¿Bien, amantes?’. Lucía abraza a su madre, llora de alegría. Yo las miro, emocionada. ‘Gracias’, me dice Rosa, ojos húmedos. Vuelvo a casa, pero antes de irme, subo otra vez, beso a Lucía con pasión. ‘Esta noche couscous’, dice Rosa. Sé que es el principio. Su coño, su culo, esos gemidos… queman en mi memoria. Fatiga dulce, deseo renovado.

Leave a Comment