Ese día el sol pegaba fuerte, pero yo andaba con la cabeza hecha un lío. Pablo, mi mejor amigo, el tío más guapo que he visto en mi vida, me volvía loca. Lo quería tocar, oler su sudor, lamerle el cuello… pero nada, solo amigos. Me moría por dentro viéndolo ligar con tías descaradas, riendo con ellas mientras yo me comía el deseo a solas. Esa mañana me desperté empapada de un sueño donde lo montaba hasta el amanecer. No aguantaba más.
Sonó el móvil. ‘¡Joder, Lucía, dónde estás! Te espero, venga ya!’ Era Pablo, voz nerviosa, alegre como siempre. Subí a su piso con el corazón en la garganta. Me miró raro. ‘¿Qué te pasa? Estás pálida.’ ‘Nada, nada…’, murmuré. ‘Venga, hoy te arreglo eso’, dijo tirando de mi melena larga. ‘¡Al peluquero! Tienes el pelo demasiado largo, mírate.’ Me agarró el pelo con fuerza, me echó la cabeza atrás y me miró fijo. ‘Déjame hacer, ¿vale?’
La chispa que prendió el fuego incontrolable
No me dio tiempo a protestar. Me arrastró al salón de enfrente, un cuchitril de hombres. Empujó la puerta y me plantó en la silla roja. El viejo coiffeur nos miró sorprendido. ‘Traigo a mi amiga’, soltó Pablo. Me cubrió con la capa azul, cuello con toalla. ‘Muy corto, muy muy corto’, ordenó Pablo sentándose cerca. Sentí las tijeras crujir cerca de mi oreja. Clip clip. mechones largos cayendo sobre mis hombros. El corazón me latía en el coño, calor subiendo. Me humillaba, pero me ponía a mil. Bajo la capa, mis bragas chorreaban. Apoyé la cabeza atrás, peinazo levantando el flequillo, vi a Pablo en el espejo, rojo como tomate. Cerré los ojos, mano temblando queriendo tocarme el clítoris palpitante.
La tondeusa zumbó contra mi nuca. Frío metal, vibración hasta el útero. Pablo levantó mi barbilla: ‘Todavía largo, dale otra pasada.’ Sudaba, el olor a pelo cortado me mareaba. Quería correrme ahí mismo, sometida a sus manos indirectas. Salimos sin hablar. En la esquina, quise huir. ‘¡Eh, espera!’ Me alcanzó, beso suave en la mejilla. ‘Ven a casa, porfi…’
El sexo brutal y las promesas calientes
La puerta se cerró y me estampó contra la pared. Boca a boca, lengua invadiéndome, saboreando su saliva dulce. Lloré de alegría. ‘Perdóname, Lucía, no aguanto más.’ Me llevó a su cama, quitándome la ropa entre besos. Se lanzó a mi coño, lamiendo como loco. ‘Estás empapada, puta mía.’ Gemí, piernas abiertas. Me corría en su boca, chorros calientes. Él jadeaba: ‘Chúpamela, venga.’ Su polla dura, venosa, la tragué hasta la garganta. Salada, pulsante. Eyaculó gritando, leche espesa llenándome la boca.
Agotados, susurrando. ‘Sabía lo que te ponía cachonda el corte, me pajaba imaginándolo un mes.’ Me sonrojé. ‘¿Te gustó?’ ‘Sí… joder, sí.’ Nos abrazamos, pollas tiesas otra vez. ‘Tus pelos son míos ahora. Yo decido cuándo cortarlos, pacto?’ ‘Prometido.’ Dedos en mi culo, empujando. ‘Te follaré el ojete después de una buena nalgada.’ Gemí: ‘Sí, hazme tuya.’ Nos chupamos mutuo, él primero, leche caliente. Yo después, temblando, imaginando su verga abriéndome.
‘Pertenezco a ti’, balbuceé corriéndome. Él sonrió, responsable ahora de mis vicios. Cansancio dulce, cuerpos pegados, olor a sexo impregnado. Ese corte me liberó, su polla mi nueva adicción. Aún siento el zumbido de la tondeusa en mi clítoris.