Confesión ardiente: Mi trío salvaje con mi pareja y nuestra sumisa de 20 años

Ay, Dios… Recuerdo como si fuera ayer. Vivíamos en Toulouse, en un piso grande con una habitación libre. Yo, Ana, 32 años, morena, con curvas que vuelven loco a mi Pablo, que tenía 45. Alquilamos la habitación a María, una chiquilla rubia de 20, delgadita, tímida pero con ojos que prometían fuego. Pagaba poco, limpiaba mal… pero cenábamos juntos. Su piel olía a vainilla fresca, su risa me erizaba.

Poco a poco, confidencias. María nos cuenta que sueña con ser sumisa, con servir, con un harem donde la elijan para follar. Se sonroja, pero su coño ya goteaba bajo la falda, lo notaba. Yo me mojo solo de oírla. Le digo a Pablo: ‘¿Y si la probamos? Pero las tres cosas: yo con ella, tú con nosotras, todas juntas’. Él asiente, polla dura ya. Esa noche la llamamos. ‘Ven a nuestra cama, preciosa’, le susurro.

La tensión que nos consumía

La desnudo. Se pone a cuatro patas, rodillas abiertas, culo en pompa. ‘Muéstranos lo que es nuestro’, le ordeno. Tiembla, pero obedece. Sus labios rosados, su ano prieto… La tensión es insoportable. Mi clítoris palpita, el aire huele a deseo. Pablo la interroga: ‘¿Qué te gusta? ¿Fantasías?’. ‘Quiero que me uséis… por la boca, el coño, el culo…’. Nos miramos. La razón se va al carajo. Nos metemos en la cama.

Primero suave, besos tiernos. Pero pronto… Pablo me besa mientras folla mi coño lento. María mira, desnuda en la silla, mano en su raja húmeda. ‘Prepárala’, le digo a Pablo. No, yo la preparo. Me arrodillo, abro sus muslos, los pongo en mis hombros. Le chupo el coño, salado, jugoso. Su perineo, su ano… Meto un dedo, dos. Lubrico bien. Huele a sexo puro, su aliento corto, gemidos ahogados: ‘Sí, Ana… más…’. Pablo me mira, polla tiesa.

La pongo sobre él. Guío su verga gorda a su coño chorreante. ‘Empalaos’, digo. Baja despacio, gime. La ato: muñecas atrás, tobillos al pie de la cama. Inmóvil, vulnerable. Pablo la abraza fuerte, la hace arquear. Yo… yo voy por detrás. Escupo en su ano, meto un dedo. Siente la polla de Pablo a través de la pared fina. ‘Joder… lo noto…’, balbucea ella. Muevo el dedo, froto su verga dentro. Segundo dedo, lento. Su culo se abre, caliente, apretado.

El clímax brutal y sin frenos

La masturbo a Pablo a través de María. Mi mano en su culo masajea su polla dura, embistiéndola. Él gruñe: ‘Me corro… ¡ahhh!’. Eyacula dentro, chorros calientes que siento palpitar. María tiembla, cara contra su pecho, no se mueve pero su coño inunda todo. ‘No corras aún, puta’, le ordeno. Yo me toco, exploto en un orgasmo brutal, piernas flojas.

La desato. La tumbo, abro sus piernas. Lamo su coño lleno de semen, espeso, salado. Gime fuerte. ‘¿Puedo correrme?’, suplica. ‘Sí, zorrita’. Explota, cuerpo arqueado, gritos roncos. Nos abrazamos, sudorosos, piel pegajosa. Olor a corrida, coños mojados. Dormimos enredados, besos suaves toda la noche.

Al día siguiente, María brilla. ‘Fue… como un orgasmo eterno. Nunca tan feliz sirviendo’. Ese año fue puro fuego. La usamos sin límites: gangbang en un club, polla en todos sus agujeros, humillaciones. Se sentía nuestra esclava, siempre abierta, siempre húmeda. Cuando se fue, algo se rompió. Pero ese recuerdo… me moja aún hoy.

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