Confesión ardiente: Ofrecí la polla de mi marido a una madura cachonda

Ay, chicas, no sabéis lo que pasó el otro sábado. Estaba harta de solo fantasear. Mi marido y yo adoramos los edging games, yo controlo su polla hasta que explota. Pero quería más. Quería ofrecer su verga tiesa a otra. Como un semental en oferta, pero yo decido todo.

Puse un anuncio en un sitio conocido: ‘Ofrezco la polla de mi marido para masturbación pura. Limpia, educada, con clase’. Pasaron meses sin respuestas. Olvidé el tema. Hasta que, ¡pum!, siete meses después, llega un mail de Mireia. Bien escrito, sin faltas. Sesenta años, pero fotos de infarto, parece de cincuenta. Viuda sexual, marido la ignora. Dinámica, comercial en Burdeos, pero cachonda reprimida.

La chispa que encendió el fuego

Intercambiamos mails dos meses. La sonsaqué todo: su amiga le contó de putas aventuras con amants. Ella flirteaba online, pero con culpa. Yo le expliqué: yo piloto, sin polvos, solo manos y lengua en su polla. ‘Seguro, de pareja, amoroso’, le dije. Me mandó foto de sus manos: finas, uñas rojas largas, anillos, alianza. ¡Me mojé al instante!

organicé un gîte pequeñito. Cortina negra en el salón, agujero a altura de polla, otros para brazos. Dos días antes, lo preparé a escondidas. Hora del lío, le dije a mi churri: ‘Vamos de finde romántico’. Él ni idea. Llegamos, le pongo de pie tras la cortina: ‘Saca la verga y espera’. Yo, lencería, abrigo encima.

Mireia llama. Entra sonriendo, nerviosa. Talones negros, medias con dibujos, falda y blusa negra traslúcida, sujetador rojo asomando. Labios rojos finos, pelo corto revuelto castaño-rojizo. Corazón latiendo fuerte. ‘Siéntate’, le digo, señalando el agujero.

‘¿Cariño?’, digo yo. Sale la polla medio tiesa por el agujero. Mireia la agarra. Se pone dura al instante en su mano. Empieza vaivenes lentos, aprieta el glande. Yo la miro, sonrío. Mi marido capta: no soy yo. Tensión brutal. Mi coño palpita, me toco bajo el abrigo. Olor a excitación ya flota. La razón se va a la mierda.

Sus manos expertas: pesan huevos, los masajean, aprietan. Mi churri gime bajito. Yo chupo mis dedos, me froto el clítoris hinchado. No le he vaciado las bolas en días. Va a ser una lechera histórica.

El clímax brutal y sin frenos

‘¡Ven aquí!’, le digo a Mireia, señalando otros agujeros. ‘Cari, siéntate’. Paso al otro lado con él. ‘Mete los brazos’. Sus manos salen: uñas rojas, brazaletes tintineando. ¡Qué sonido tan cachondo! Astica a dos manos, manicura perfecta, anillos fríos contra la piel caliente.

Me arrodillo al lado de mi marido. Miro esa polla dura como piedra, venosa, glande morado. ‘Pongo gel’, aviso. Chorro generoso en el capullo. Ella masajea, resbala, sonidos chapoteantes. No aguanto: meto mis manos. Cuatro manos en su tronco palpitante. La agarro, me la trago hasta la garganta. Gime fuerte, ‘¡Joder!’. Olor a polla sudada, saliva, gel. Calor de su piel ardiendo.

Sujeto vertical. Glande hinchado, late. ‘¡Ya!’, gruñe. Primer chorro: ¡zas! Leche espesa, blanca, caliente salpica. Mireia: ‘¡Ouuuh! ¡Ahhhh! ¡Síiii!’. Jet tras jet, interminable. Le salpica cara, pelo, blusa. Yo aprieto huevos, exprimo todo. Él tiembla, jadea, sudoroso.

Se acabó. Polla blanda gotea. Mireia se limpia, sonríe eufórica. Yo vuelvo atrás. ‘Gracias’, le digo. Coge mis manos: ‘¡Soy yo quien os lo agradece! Revivo’. ‘Nos encantó’. ‘¿Contacto?’. ‘Hablamos’. Se va, tacones resonando.

De vuelta, mi marido exhausto, feliz. Yo con coño chorreando, recordando cada detalle: el tintineo, el calor, la leche volando. Fatiga buena, piel erizada. Quiero repetir. ¿Quién no?

Leave a Comment