Ay, chicas, no os lo vais a creer. Soy Hortense, la condesa de Merville, una rubia tetona con ojos azules que vuelve locos a los hombres. Mi marido, el viejo conde Aldemar, está paralizado en su sillón, no puede mover ni un dedo, ni hablar, ni siquiera empalmarse. Pero oye todo, el cabrón. Anoche, el marqués de Cessac vino a mi habitación. Alto, fuerte, con esa polla gruesa que tanto me gusta. Estábamos desnudos en mi cama de noche de bodas, la azul noche del castillo.
Él paseaba delante de mí, pavoneándose con su verga tiesa, gorda, venosa, apuntando al techo. ‘¿Lista, señora?’, me dijo con esa voz ronca, impaciente. Yo, sentada en la cama, sentía mi coño palpitar, ya mojado, oliendo a deseo. ‘Casi, marqués… una cosa más’. Le pedí que quitara la sábana del sillón. Se quedó tieso. ‘¿Qué coño es eso?’. ‘Mi marido, idiota’. El pobre Aldemar ahí, inmóvil, ojos abiertos. Cessac balbuceó: ‘¿No es… incómodo?’. Yo me reí bajito, empezando a tocarme los pezones duros. ‘No puede ni hablar ni follar. Pero le pone oírme gemir. Si te da corte, cúbrelo otra vez. Yo ya no aguanto más, métemela ya’.
La tensión que me volvía loca
Él dudó, el muy marica, pero yo vi su polla saltar. La tensión era insoportable. Mi piel ardía, el aire cargado de nuestro sudor. Me acerqué gateando, mi culo en pompa, y le lamí los huevos, pesados, calientes. ‘Joder, Hortense…’, jadeó él, cogiéndome el pelo. Yo chupaba su tronco grueso, saliva goteando, mi clítoris hinchado rozando las sábanas. Aldemar nos oía, lo sabía por sus ojos fijos. Eso me ponía a mil. El marqués gruñó: ‘No… no puedo con tu marido ahí…’. Pero su cadera empujaba, follándome la boca. Mi razón se fue al carajo. ‘¡Fóllame ya, coño!’, le supliqué, empapada.
El clímax brutal y el dulce agotamiento
Me tiró en la cama boca arriba, piernas abiertas. Su peso encima, piel sudada pegándose a la mía. Olía a hombre, a sexo crudo. Me abrió el coño con los dedos, ‘Estás chorreando, puta’. Entró de golpe, su polla enorme partiéndome en dos. ‘¡Aaaah!’, grité, uñas clavadas en su espalda. Embestía como un toro, placaplaca, mis tetas botando, sudor chorreando entre ellas. ‘Más fuerte, joder, rómpeme’, le rogaba entre jadeos. Él me mordía el cuello, me pellizcaba los pezones. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mi coño tragándosela entera, clítoris frotando su pubis peludo. ‘¡Sí, así, cabrón!’. Él desde abajo me azotaba el culo, rojo ya. Grité mi orgasmo, chorros calientes bajando por su polla. Él se corrió dentro, leche espesa llenándome, gritando mi nombre.
Caímos exhaustos, pegados, resuellos cortos, pieles brillantes de sudor y fluidos. Su polla aún dentro, palpitando suave. Le besé el pecho salado. ‘Ha sido… brutal’, murmuró él. Yo sonreí, mirando de reojo la sábana sobre Aldemar. Sus ojos brillaban, lágrimas quizás. Eso me dio otro escalofrío. Nos quedamos así, abrazados, el olor a sexo impregnando todo. Me siento viva, chicas, follada a tope, sin remordimientos. Ese viejo oye mis placeres y no puede nada. Volverá el marqués, y repetiré. Ay, qué vicio tan dulce este secreto.