Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó aquella noche en Estrasburgo. Yo, María, española de pura cepa viviendo allí por el curro de mi marido, que era poli. Salí con mi vecina Eliane a La Cabaña, esa disco en pleno bosque al norte de la ciudad. Hacía frío, pero dentro el ambiente estaba que ardía. Whisky tras whisky, bailando pegada a desconocidos…
De repente, veo a dos tíos jóvenos, militares, altos, con esa pinta de chicos duros. Uno me clava la mirada, Martín se llamaba. Ojos verdes, sonrisa pícara. Empezamos a hablar, a rozarnos en la pista. Su mano en mi cintura baja, rozando mi culo. Yo casada, pero el coño ya me palpitaba. ‘¿Estás sola?’, me susurra al oído, su aliento caliente en mi cuello. ‘Mi marido trabaja de noche’, le digo riendo, pero sintiendo cómo mi tanga se moja.
La chispa que encendió el fuego
Eliane ligaba con el otro, Jean-Claude. Nos picamos mutuamente, tocándonos más. Él me besa el cuello, yo le aprieto la polla por encima del pantalón. Dura como piedra. ‘Vamos fuera’, me dice. Corazón latiendo fuerte, piernas temblando. La tensión era insoportable, el deseo me quemaba por dentro. Mi razón gritaba ‘para, estás casada’, pero el calor entre mis piernas mandaba. Subimos a su ambulance robada, parked en la oscuridad del bosque. Puertas cerradas, y pum, la locura.
Sus labios devorando los míos, lengua dentro, salvaje. Manos por todas partes. Me arranca la blusa, chupando mis tetas duras, pezones erectos. ‘Joder, qué rica estás’, gime. Yo le bajo los pantalones, su polla salta, gruesa, venosa, goteando precum. La agarro, masturbo fuerte, él jadea. ‘Chúpamela’, suplica. Me arrodillo en el suelo frío de la ambulance, boca abierta, la trago hasta la garganta. Sabor salado, olor a macho. Él me agarra el pelo, folla mi boca, ‘¡Sí, puta, así!’. Tosco, profundo, baba por la barbilla.
El clímax explosivo y el dulce agotamiento
No aguanto más. Me tumbo en la camilla, falda subida, tanga a un lado. Coño chorreando, labios hinchados. ‘Fóllame ya’, le ruego. Él se pone encima, polla en la entrada, empuja de golpe. ¡Ay, Dios! Llenándome entera, rozando el útero. Empieza a bombear, fuerte, salvaje. Piel sudada pegada, su pecho contra mis tetas. ‘¡Más duro!’, grito. Él me abre las piernas, me clava hasta el fondo, huevos golpeando mi culo. Sudor goteando, olor a sexo puro, coño apretando su verga. Cambio de posición, yo encima, cabalgando como loca, tetas rebotando, uñas en su pecho. ‘Me corro, joder’, gime él. Siento su polla hincharse, chorros calientes llenándome el coño, lechada rebosando por mis muslos.
Yo exploto después, orgasmo brutal, cuerpo temblando, gritando su nombre. Nos quedamos jadeando, pegados, su semen caliente dentro de mí. Él me besa suave ahora, ‘Ha sido increíble’. Yo sonrío, exhausta, feliz. El bosque afuera nevado, nosotros ardiendo. Bajamos, corremos porque llegan polis, pero ese polvo… uf. Aún siento su polla dentro, el calor de su piel, el sabor en mi boca. Mi marido nunca lo supo, pero yo vivo para momentos así. Deseo puro, sin tabúes. ¿Y tú, te atreverías?