Confesión ardiente: mi polvo salvaje en el tren del deseo

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Soy Ana, una española de 50 tacos, abierta como una puerta en verano. Ese mañana, quedé con Pablo en la estación. Mi ex amante, ese cabrón con manos que matan y un culo que me volvía loca. Me puse falda negra abierta por el lado, medias hasta el muslo con un pellizco de piel asomando, blusa escotada, guantes largos y sombrero con velo. Me miré al espejo… puta madre, qué guarra tan rica.

Llego tarde, como siempre. Él pasea nervioso por el andén. ‘¡Qué guapo!’, pienso, el corazón me late fuerte. Nos besamos la mejilla, rápido, pero su aliento me roza la piel. Subimos al tren, un viejo cacharro a vapor, como de película en blanco y negro. Compartimento solo para nosotros, cuero crujiente, el traqueteo nos mece. Cruzo las piernas, el roce de las medias me eriza. Él me mira las rodillas, traga saliva. ‘¿A dónde me llevas, preciosa?’, dice con voz ronca.

La chispa que enciende el fuego

Hablamos de viejos tiempos. Sus manos en mis tetas, mi lengua en su polla… Se pone colorado. Yo me retuerzo en el asiento, la concha ya moja. Vamos al bar-vagón, madera oscura, camareros con guantes blancos. Pido un martini, él una cerveza. Veo a Sabine, una pelirroja madura como yo, actriz retirada, con falda beige y medias blancas. Nos presenta. Brindamos, pero la tensión… uf, insoportable. Su mano en mi muslo, la de ella en el suyo. El aire huele a deseo, sudor y alcohol.

De repente, Sabine susurra: ‘Mirad ahí’. Bajo el mostrador, una tía mama al barman Dan, rubio musculoso. Le pela la verga con perlas, chupa como loca. Pablo jadea, yo me pego a él. ‘¿Excitante, eh?’, le digo mordiéndome el labio. Mis dedos en sus nalgas. El tren traquetea, como folladas salvajes. La razón se va… no aguanto más.

El clímax brutal en el vagón-bar

Sabine nos arrastra a una mesa redonda. ‘Vamos a pajearte’, dice ella. Me miran, yo asiento. Le bajamos los pantalones, su polla dura como piedra salta. Manos gantadas la aprietan, yo la lamo el capullo salado. ‘¡Joder, Ana!’, gime él. Sabine se arrodilla, me empuja. Chupa profunda, yo le meto huevos en la boca. Él tiembla. Yo me quito bragas, froto mi coño chorreante en su muslo. ‘Fóllame ya’, le ruego.

Le monto como una yegua. Su verga me parte, entro hasta el fondo. ‘¡Más fuerte, cabrón!’, grito. Sabine me besa, pellizca pezones. Él me agarra el culo, me clava. Sudor, olor a sexo, polla hinchada rozando paredes. Cambio: a cuatro patas, él me taladra el coño. ‘¡Me vengo!’, aullo. Él gruñe, me llena de leche caliente. Sabine lame el sobrante, nos corremos los tres en un lío de gemidos.

Agotados, caemos. Yo jadeo, cuerpo pegajoso, coño palpitando. Él me abraza, beso su cuello salado. ‘Eres una diosa’, murmura. Sabine ríe bajito. El tren sigue, pero yo… flotando en esa resaca feliz. Sus manos en mi piel, el recuerdo de su polla dura… uf, me mojo solo pensándolo. Fue real, crudo, mío. ¿Repetimos?

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