Confesión: Mi noche de sexo salvaje en la casa embrujada

Ay, chicas, no puedo creer que os cuente esto, pero pasó hace poco, en vacaciones con mi novio Javier y sus padres en esa granja aislada en el bosque de Tronçais. Después de cenar, el aire estaba cargado, pesado como mi coño que ya palpitaba. Javier me susurró: ‘Ven a la finca vieja en quince minutos, como esta mañana… tengo ganas de follarte’. Su mano rozó mi culo, y sentí un calor que me subió por las piernas. ‘Vale, pero déjame ducharme’, le dije, mordiéndome el labio. Mientras lavaba los platos, imaginaba su polla dura esperándome. Me duché rápido, me puse un vestidito ligero, azul, sin bragas. Despedí a sus padres, Juana y Ramón, y caminé hacia allí, el corazón latiéndome fuerte. El camino entre los campos de trigo susurraba, el sol bajaba, y yo… yo ya estaba mojada, oliendo a deseo.

Llegué a la finca, rodeada de árboles, invisible. La puerta crujió al abrirse, olía a humedad y algo… prohibido. ‘¿Javier?’, llamé bajito, temblando. Silencio. Subí las escaleras desnuda, la piel erizada por el frío y la excitación. Mis tetas pequeñas se endurecieron, los pezones duros como piedras. Busqué en las habitaciones vacías, el corazón en la garganta, imaginando fantasmas o su mirada devorándome. Bajé a la cocina, luego a la bodega oscura. ‘¿Javier? ¿Estás ahí?’, susurré, el suelo helado bajo mis pies. Un ruido… y de repente, unas manos frías me agarraron. No lo vi, pero su cuerpo desnudo, gélido, me levantó como una pluma. Me tumbó en algo duro, una losa fría. ‘Por favor… fóllame ya’, gemí, abriendo las piernas. Su respiración pesada cerca de mi oreja, sus dedos explorando mi cara, mis tetas, bajando a mi coño chorreante.

La tensión que me volvió loca

Dios, qué tortura deliciosa. Sus dedos fríos rozaban mi clítoris, apenas, de arriba abajo, sin presionar. ‘¡Joder, métemela! ¡Estoy empapada!’, supliqué, arqueando la espalda. Intentaba empujar mi coño contra su mano, pero él controlaba todo. Su boca fría succionó mis pezones, mordisqueando hasta doler de placer. Olía a sexo y tierra húmeda, mi sudor mezclándose con el frío. Finalmente, subió sobre mí, su polla tiesa, húmeda, rozando mi entrada. ‘Sí, así… ¡córrete dentro!’, grité cuando me penetró de golpe, llenándome hasta el fondo. Follando brutal, embistiéndome contra la piedra, mis uñas clavadas en su espalda helada. ‘¡Más fuerte, joder! ¡Rompe mi coño!’, jadeaba yo, mis caderas chocando contra las suyas. Él gruñía, acelerando, su polla hinchada frotando mi punto G. Sentí el orgasmo venir como un tsunami, mi coño contrayéndose, chorros de placer escapando. Él se corrió dentro, caliente, llenándome de leche espesa. Grité, temblando, olas y olas de éxtasis.

Después… uf, exhausta, jadeando sobre esa losa. Su cuerpo aún sobre el mío, frío pero satisfecho. Me besó el cuello, susurrando ‘Eres mía’. Subimos, me vestí temblando de placer residual. Caminé de vuelta a la granja, las piernas flojas, el coño palpitando con su semen goteando. Javier y Ramón habían salido con el perro, no lo vi… pero qué más da. Esa noche soñé con ello, despertándome mojada otra vez. Ahora, cada recuerdo me pone cachonda: el frío en mi piel, su polla abriéndome, el olor a sexo en la oscuridad. Fue el mejor polvo de mi vida, demonios o no. ¿Volveré? Claro que sí, chicas. El deseo manda.

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