Acabo de casarme, ¿sabes? Mi marido, todo romántico, me carga en brazos para cruzar la pasarela del yate. Riesgo de caer al mar, pero qué emoción. El capitán nos invita a su mesa directo, sin cambiarme el vestido de novia. Ancla arriba, viento fuerte, marineros sudados subiendo velas, gritando groserías que me ponen… ya sabes, cachonda.
Los oficiales no me quitan los ojos de encima. ‘¡Suerte el cabrón de tu marido!’, dicen riendo. Uno ofrece ‘ayuda con la polla o lo que sea’. Mi marido sonríe, ‘me apaño solo’. Uf, pienso, esta noche me folla hasta que grite. Pero la cena se alarga, el barco se menea, mareo total. El capitán, rojo como tomate, roza mi pie con el suyo. Me pego a mi marido, huelo su gin, deseo que beba menos… quiero su verga dura, no floja.
La tensión en el barco y el despertar del deseo
Tormenta brutal. Vómito todo, caemos en literas estrechas. El barco cruje, horas de infierno. ¡Crash! Naufragio. Agarrados a una tabla, olas nos escupen en una playa desconocida. Mi vestido pegado al cuerpo, frío como hielo sobre tetas, culo… y mi coño. Mojado no solo por agua. Mi marido: ‘Estás preciosa’. Pero cae rendido. Nos desnudamos, piel caliente al sol. Lo veo desnudo por primera vez, polla chiquita, arrugada. ‘Pronto estará lista’, dice. Me tumbo, abro piernas, toison al aire, sol calentándome el clítoris. Dormimos exhaustos.
Despierto… ¿qué? Algo me pica por todo el cuerpo. ¿Por qué atada? Abro ojos. Decenas de hombrecitos desnudos, de medio dedo de alto, trepando por mí. Cuerpos perfectos, minusculos. Uno en mi pezón derecho… ¡se está pajereando! Jadeo. Otros en mi pubis, hociquean mi raja, intentan meterse. Uno abraza mi clítoris, lo aprieta. Mmm… cosquilleo bueno, humedad sube. Miro a mi marido: atado también, con mujercitas diminutas. Su polla ahora tiesa, enorme para ellas. Una cuelga del glande, salta riendo.
‘¡Oh, la puta!’, grita uno chapoteando en mi flujo. Me mojo más, olor a sexo dulce. Intentan follar mi boca, labios cerrados para mi marido… pero siento sus pollas mini eyaculando, gotas calientes. Amargo, salado, como dice mi amiga. Pequeño jefe: ‘Solo mi tribu se queda. Yo te desfloro’. Insurgir: ‘¡No! Mi marido primero’. Pero él ordena: ‘¡Espongedla!’. Corren con ramitas, meten en mi coño, sacan chorreando, rocían mi vientre, tetas. Miro: otros follan en la arena, 69, culos, todo prohibido… salvaje.
El clímax brutal y el dulce agotamiento
Mi marido gime, leche chorrea, ellas se untan. ‘Habrá para ti después’, dice el jefe. ‘¡Voy a sumergirme!’. Su tribu lame mi raja, clítoris hinchado palpita. Él trepa, polla minúscula punzando. No entra… pero frota, vibra. Grito: ‘¡Sí, joder!’. Olas de placer, coño contrae, chorro sale. Él se corre dentro, mini chorrito caliente. Otros se turnan, follan mi clítoris, labios. Explosión tras explosión, tiemblo, sudada, aliento corto, piel ardiendo.
Grito de alerta. Huyen. Tierra tiembla. Gigante desnudo aparece, polla colgante como tronco, huevos enormes. ‘¡Qué putitas graciosas!’, ríe. Me suelta, mano gigante me alza a ojos verdes. ‘Follable si fueras grande’. Géanta coge a mi marido: ‘¡Mira su polla tiesa!’. Se tumban. Me pone en su pubis, pelos para agarrarme. ‘¡Baja, abraza mi verga!’. Intento, palpita, crece. Me monto, sube como ascensor, caigo en selva púbica olor a almizcle. Mi marido en teta de ella, mama pezón.
Agotamiento dulce nos invade. Gigantes follan entre sí, truenos de placer. Nosotros, diminutos, exhaustos, piel pegajosa de jugos. Mi coño palpita aún, recuerdos queman: pollas mini en mi raja, corridas calientes, deseo desatado. Mi marido, semen seco en pecho, me mira sonriendo. ‘Ahora sí, amor’. Pero dormimos felices, vivos, follados por lo imposible. Sueño con más…