Estuve dos años en ese colegio de las afueras de París, lejos de los rollos de la uni. Éramos cuatro educadores: Jamila, la kabyle con curvas de infarto, pelo castaño largo y ojos que cambiaban de azul a verde; María, la niñata de 24 tacos que parecía de 18, rubia platino, piel blanca como la leche y reacciones de virgen escandalizada; y Juan, el armario bretón obsesionado con culos y coches rápidos. Yo, Diego, el español que encajaba en el lío.
Dos horas semanales con Natalia, la profe de francés. Bajita, morena con pelo al hombro, faldas de oficina y piernas de escándalo. Cuando se ponía las gafas, uf, me ponía burro. Ese día, preparamos material para un corto con los alumnos. ‘¡Ho!’, grita ella de repente. Sostiene la cámara, ojos clavados en la pantalla. ‘¡No puede ser! ¿Qué es esto? ¡No!’. Me acerco. En el vídeo, torso musculoso, zoom out: un tío desnudo pajéandose una polla gorda y tiesa. Tres cuartos de perfil, sin cara, pero reconozco la sala de montaje. Es Juan, el cabrón.
El hallazgo que encendió la chispa
Natalia petrificada, manos apretando la cámara. El plano cierra en la verga hinchada, pum, chorros de leche espesa. Tres minutos nada más. Se gira, su perfume me invade, dulce y caliente. ‘¿Qué hacemos? ¿Al director?’. Yo: ‘¿Sabes quién es? Yo no veo…’. ‘¡Diego! Solo tres llaves: la directora, yo y Juan’. Me callo, pensando en salvar al colega. ‘Hablemos con él primero, ¿no?’. Rebobina. ‘¡Mira la carrure! Es él’. Nuestras manos se rozan. Tensión. Su piel tibia bajo la falda. Mi corazón late fuerte, polla dura ya.
No retrocede. Aprieto más, subo por su muslo. Queda un minuto de cinta. Durante la explosión final, susurra: ‘Tienes razón, Diego. Lo manejamos entre nosotros. Ni una palabra, ni a Juan… ni de lo que viene ahora’. Cámara al suelo, cierra la puerta con llave. Sus culos rebotan en la falda ajustada. Vuelve, brazos al cuello, besos voraces. Lengua en mi boca, frotando su pubis contra mi paquete. ‘Rápido, el curso empieza en minutos’, dice seria, casi regañona.
La follada rápida y brutal
Me saca la polla del pantalón, mano firme. Me la menea con ganas, una bajo los huevos, otra en la hampe, pulgar en la vena. ‘No tan impresionante como la de tu colega, pero mona’. Sonrisa pícara. Me corro en tres chorros calientes, leche en sus manos y mangas. Jadea, aprieta hasta la última gota. Luego, se sube a la mesa, falda arriba: medias negras, tanga abierta. Me siento, cabeza entre sus piernas. Manos en mi nuca, empuja. Huelo su coño, salado y húmedo. Lengua alrededor, beso labios a través de la tela, clítoris hinchándose.
Ecartó la tela: coñito con vello fino, mojado. Lamida plana, punta en clítoris, dedos dentro: uno, dos, tres. La chupo, sorbo su flujo. Silencio total, solo jadeos ahogados. Me pajéo con sus jugos, polla tiesa otra vez. Sonería. Se corre, piernas como tenazas, casi me ahoga. Yo eyaculo al suelo. Sincronizados. Arreglo ropa, abrimos a los alumnos chillones.
Cámara apuntaba a nosotros. Sonriendo, pulsa stop. Guiño. ‘Hoy no hay vídeo, problemas técnicos’. Salgo flotando, mezcla de éxtasis y timo. En el foyer, Juan: ‘Oye, para tu webcam, usa la cámara de Natalia en grabación, no se apaga’. Río. ‘¡Funciona! Pero borra la cinta después’. Cansancio feliz, piel aún oliendo a sexo, recuerdo su coño en mi boca, su mano en mi polla. Quemándome por dentro.