Hola, soy Estefi, una tía de 29 años que no se corta un pelo contando sus folladas. Anoche… uf, anoche reviví algo que creí muerto hace diez años. Jere, mi primer amor, el cabrón que me dejó hecha mierda en una feria bajo la lluvia. Le escribí, le invité al bar de la Calle Cortrài, el de arriba de mi piso. Donde jugaba al billar con sus colegas mientras yo me comía los mocos.
Bajé las escaleras con el corazón en la garganta. Empujé la puerta, olor a cerveza rancia, humo y sudor. Y allí estaba él, inclinado sobre la mesa de billar, con esa chaqueta de cuero vieja que olía a nosotros. Nuestras miradas chocaron. Diez años, y sentí lo mismo: un calor que me subía por el coño. ‘¿Vienes a jugar?’, dijo con esa voz ronca, tendiéndome la taco. Nuestras manos se rozaron. Electricidad. Piel caliente, sudorosa. Empecé a jugar, pero mis ojos en su culo apretado contra los pantalones. Él me miraba las tetas, el escote que asomaba bajo el jersey. ‘Has cambiado, Estefi… estás más buena’, murmuró. Yo, con el aliento corto: ‘Tú también, pero sigues siendo un hijo de puta’. Reí nerviosa, pero el pulso me latía en la entrepierna.
La chispa que lo encendió todo
La tensión era insoportable. Cada tiro, su cuerpo rozaba el mío. Su aliento en mi cuello, caliente, oliendo a cerveza y deseo. ‘Recuerdas el tren fantasma?’, susurró, su mano en mi cintura. Asentí, mordiéndome el labio. Allá nos besamos por primera vez, con miedo y ganas. Ahora, aquí, el aire se cargaba. Mi coño empapado, notaba la humedad en las bragas. Él se acercó más, su polla dura contra mi muslo. ‘No aguanto más’, gemí. La razón saltó por la ventana. Lo empujé contra la pared del fondo del bar, oscuro, vacío. Nuestros labios chocaron, lenguas enredadas, salvajes. Manos por todas partes. Le bajé la cremallera, saqué esa polla gruesa, venosa, que recordaba tan bien. ‘Fóllame, Jere, ahora’, le rogué.
La explosión de deseo sin frenos
Me levantó la falda, arrancó las bragas de un tirón. Dedos en mi coño chorreante, frotando el clítoris hinchado. ‘Estás empapada, puta’, gruñó. Me giró, me apoyó en la mesa de billar. Sentí la punta de su polla en mi entrada, resbaladiza. Empujó de golpe, hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadeó. Embestía fuerte, brutal, el sonido de carne contra carne, bolas de billar rodando por el impacto. Yo gemía alto: ‘Más duro, cabrón, rómpeme el coño’. Su sudor caía en mi espalda, caliente. Me agarraba las tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Cambiamos: lo monté encima de la mesa, cabalgándolo como una loca. Su polla me llenaba, rozando ese punto que me volvía loca. ‘Me vengo, Estefi…’. ‘Dentro, lléname de leche’. Explosión. Su semen caliente inundándome, yo convulsionando en un orgasmo que me dejó ciega.
Caímos exhaustos en el suelo, jadeando. Su cabeza en mis tetas, mi mano en su polla floja, aún goteando. Olor a sexo por todas partes, sudor, corrida mezclada con mis jugos. ‘Ha sido… increíble’, murmuró, besándome el cuello. Yo, riendo bajito: ‘Diez años esperando esta follada’. Agotados, felices, piel pegajosa. Subimos a mi piso, nos duchamos juntos, pero el recuerdo quema: esa polla dura, mis gritos, el placer que duele. Mañana duele el coño, pero sonrío. Jere se fue al amanecer, pero sé que volverá. Este fuego no se apaga.