Me llamo Ana, tengo 26 años y vivo en un pis pequeño en el centro de Madrid. Siempre he sido la chica tímida, virgen total, criada por padres estrictos que no me dejaban ni salir de noche. Me mudé hace poco, huyendo de sus broncas. Con mi amiga Vero fuimos a una tienda de antigüedades en una callejuela cerca de la Puerta del Sol. El anticuario, un calvo rarito con sonrisa maléfica, nos vendió unos muebles baratos y nos regaló un espejo enorme con marco dorado. ‘Ábrelo sola’, dijo antes de irse con sus dos porteadores musculosos. Vero babeaba por ellos, pero yo… yo solo quería decorar mi nidito.
Lo colgué en el salón esa tarde. Dos metros de alto, con figuras talladas de parejas follando y labios carnosos arriba. Me miré y… joder, mi reflejo parecía más vivo, más puta. Esa noche, sola, me desnudé frente a él. Mis tetas C, firmes pero siempre ocultas en sujetadores feos. Me toqué los pezones, duros ya, y sentí un cosquilleo en el coño por primera vez. ‘¿Qué coño pasa?’, murmuré. El espejo vibró, o eso creí. Mi reflejo sonrió, separó las piernas mostrando un coño depilado, húmedo, que brillaba. El mío aún tenía vello, pero el suyo… invitaba.
La chispa que encendió el fuego
La tensión creció. Me acerqué, jadeando. El aliento corto, la piel erizada. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado subiendo desde entre mis muslos. ‘Ven, Ana, libérala’, susurró mi reflejo. Su voz era la mía, pero ronca, cachonda. Toqué el cristal frío. Electricidad. Mis pezones rozaron la superficie helada y se pusieron como piedras. Bajé la mano a mi coño, virgen e intacto. Dedos temblorosos rozaron el clítoris hinchado. ‘No… no puedo…’, dudé, pero el calor era insoportable. El reflejo gemía: ‘Tócate, puta, fóllate para mí’. La razón se rompió. Empujé contra el espejo, como si quisiera meterme dentro.
De repente, succionó. Mi cabeza entró, el cuerpo siguió, desnuda en un parque de un castillo desconocido. Frente a mí, mi reflejo en carne y hueso: yo, pero salvaje, con chongo alto, labios rojos, tetas al aire meneándose. ‘Ahora sí, zorra’, dijo agarrándome las tetas. Sus manos calientes, ásperas. Me besó con lengua, mordiendo mi labio. Caímos al césped húmedo. ‘Abre las piernas’, ordenó. Obedecí. Su boca en mi coño, lamiendo el clítoris como una perra hambrienta. ‘¡Joder, qué rico!’, grité. Lengua dentro, chupando mis jugos. Yo arqueaba la espalda, uñas en su pelo.
El clímax brutal y el dulce agotamiento
Se subió encima. Nuestros coños rozándose, resbaladizos. Tribbing brutal: clítoris contra clítoris, frotando furioso. ‘¡Más fuerte, Ana, rómpeme!’, jadeaba ella. Gritos ahogados, sudor mezclándose, olor a sexo puro impregnando el aire. Introdujo dedos en mi coño virgen, dos, tres, estirándome. Dolor placentero. ‘¡Vas a correrte como una puta!’. Bombeaba rápido, pulgar en clítoris. Yo la follaba con la mano también, metiendo en su chochito empapado. Tetas chocando, pezones rozando. ‘¡Me corro… me corro!’, aullé. Explosión: chorros de squirt salpicando su cara, mi cuerpo convulsionando. Ella se corrió después, gritando mi nombre, corrida de jugos en mi mano.
Exhaustas, tumbadas en el pasto. Mi cuerpo temblaba de placer post-orgásmico, coño palpitando, piernas flojas. La abracé, piel pegajosa de sudor y fluidos. ‘Esto es lo que eres, Ana. Vive tu puta interior’, murmuró besándome suave. Volví al salón de golpe, desnuda frente al espejo, cubierta de nuestros jugos. 27 años mañana, y ya no soy virgen de mí misma. Sonrío al reflejo, que guiña. Mañana… más. El recuerdo quema: ese orgasmo brutal, el olor a coño en mi piel. Estoy viva, cachonda, libre.