Dios, no sé por dónde empezar. Soy Nadia, la chica del velo en el instituto, la que todos miraban raro. Y Alicia… uf, ella era la reina, la burguesita con jeans ajustados, pelo suelto y aires de Latina salvaje. Vivía en una casa pija en las afueras de Madrid, salía de fiesta, follaba con quien quería y lo contaba todo el lunes en clase. Yo la odiaba en secreto. Odiaba sus risas, sus cuentos de pollas duras y orgasmos en moteles. Yo, con mi familia en el barrio, hermanos controlones, había cortado con mi único novio por escándalo. Me puse el hijab para que me dejaran en paz. Soñaba con amor puro, como en las románticas del cine. Pero su piel… ay, nunca imaginé.
Todo cambió con el lío del velo en clase. La directora me echó a la calle, a permanencia eterna. El instituto se partió: sus amigas, las pijas republicanas, contra mis colegas del barrio. Nadie movió un dedo, excepto ella. Alicia me mandaba notas de clase, me llamó mil veces. ‘No tires la toalla, tía, puedes sacarlo por libre’. Hasta vino a mi bloque y los tíos la vacilaron desde abajo. Yo, orgullosa, no quería deberle nada. Pero estudiaba sus apuntes a escondidas.
La chispa que encendió el fuego prohibido
Un día, me enteré que ella había dejado el insti. Trauma gordo, voz rota por teléfono. Su madre me dio su nuevo número. Quedamos en un café cerca de Sol. La vi destruida: sudadera vieja, ojos hundidos. Entendí todo al instante. Violada, como yo una vez. Nos abrazamos sin palabras. Pasamos la tarde hablando, llorando. Esa noche, en su pisito que le alquiló su familia, nos metimos en la cama. Solo abrazos. Sus pechos contra los míos, calor húmedo. Besos largos, lenguas torpes. ‘Qué guapa eres, Nadia…’. Sus manos en mi pelo, mi aliento corto. No follamos, pero el fuego empezó.
Quince días de llamadas calientes, tensión. Vacaciones de Todos los Santos. Me invitó. Fuimos al cine, peli romántica meh. En el sofá, manos entrelazadas, coca y música. Desplegamos el sofá-cama. Me metí bajo el edredón primero, nerviosa. Calor en el coño, vibración. Quería restregarme. Ella entró oliendo a crema, pelo mojado. Su pie frío contra el mío. ‘¿Estás bien?’, susurró, cara roja. Nos miramos, el aire espeso. La tensión explotó. Besos fieros, mordidas. Manos temblando quitando ropa. Pieles calientes chocando, pezones duros rozándose. ‘Te deseo tanto… no aguanto’. La razón se fue a la mierda.
El clímax brutal: lenguas, dedos y gritos de placer
Desnudas, en 69. Su coño depilado, hinchado, olor a miel y sudor. Lo abrí con dedos, clítoris palpitante. Lamí despacio, saliva chorreando. ‘¡Ay, joder, sí!’. Ella gemía, lengua en mi raja empapada. Poños pubianos mojados, dedos hundiéndose. ‘Más adentro, puta… fóllame con la lengua’. Se corría primero, temblores, jugos en mi boca. Sabor salado, caliente. Grité cuando su dedo me folló el culo mientras lamía. Orgasmos brutales, uno tras otro. Cuerpos sudados, muslos apretados. ‘No pares, coño… me vengo otra vez’. Plañidos, lágrimas de placer. Perdidas en el éxtasis.
Después, agotadas. Enlazadas bajo el edredón, coños palpitando aún, inundados. Besos suaves, apaciguando. ‘Ha sido… increíble’. Risas nerviosas, piel pegajosa. Sueño pesado, respiraciones sincronizadas. Luna iluminando nuestras bragas tiradas. Al día siguiente, café en silencio, sonrisas culpables. Ese recuerdo quema aún: su lengua en mi clítoris, mis gritos. Viví mi deseo al 100%. Y lo contaría mil veces.