Estaba en el bar de la Torre Elizabeth, enrollando cables después del cuarteto. La contrebasse aún vibraba en mis oídos. Lo vi sentado en su sitio habitual, con esa mirada fija en mis caderas. Charlène, eh… yo soy Charlène, española de pura cepa, abierta a todo. Me movía despacio, sintiendo sus ojos quemándome la piel. El saké de anoche aún me rondaba, pero su curiosidad ganó. Me sonrió tímido, me hizo señas. Dos minutos, dijo. Bajé la guardia.
—Hola… —susurré, nerviosa, evitando su mirada.
La chispa que encendió el fuego
—¿Raïssa y tú os conocéis de hace mucho? —preguntó, voz ronca.
Negué con la cabeza, el corazón latiendo fuerte. Supe que Raïssa me había metido en esto, su misión, su red. Pero el deseo… uf, era más fuerte. Me miró implorante, como pidiendo perdón. O algo más.
—Hablemos en otro sitio —propuse, voz temblorosa.
—Ven a mi habitación.
No era pregunta. Subimos en el ascensor. Cogí su bolso: ¿puedo mirar? Condones, aceite… Su aliento caliente en mi cuello. La puerta se abrió, entramos. La carne es débil, ¿sabes? Dos horas después, su mano rodeaba mi polla, deslizándola suave. Susurraba al oído: amor, ánimo, halagos. Me contaba su historia, la de Raïssa, Jamila… Boca en mis labios, lenguas enredadas, mandíbulas abiertas. Mi mano en su pelo, la suya apretando mi verga lista para estallar. La razón… se fue a la mierda.
Ella entró, se paró en el centro, donde follamos ayer. —Raïssa me lo contó todo. Estoy con vosotros.
Nos sentamos. Jeans ajustados, tacones negros, escote blanco. Respiró hondo, pelo negro con reflejos rojos cayendo. Ojos tiernos, ardientes. Contó cómo Jamila la reclutó, llantos, consuelo, desnudos. Se besaron, Jamila lamió sus tetas, bajó entre piernas, vio su polla erecta. La chupó, la cabalgó. Yo… me tocaba oyéndolo, imaginando.
El polvo brutal y sin frenos
Su mano reemplazó la mía. —Sigue… —gemí.
La tensión era insoportable. Polla dura, coño húmedo imaginario, piel sudada. La razón cayó: la besé, la desnudé.
Me senté en el sofá, polla tiesa. Él la miró, la tocó. —Eres mujer, siempre lo has sido —dijo, voz entrecortada.
Hormonas, láser, tetas naturales. Mano en su muslo. —Quítate la ropa —pedí.
Nos besamos, lamí su cuello, mordí pezones duros. Bajé su pantalón, calor de su cuerpo. Se giró, faldas bailando, culo perfecto. Aceite en el surco, dedo en su ano. Gimiendo mi nombre. Me hundí en su culo, lento al principio. Calor apretado, sudor, gemidos lejanos. Aceleré, pelo en mano, embestí fuerte. Eyaculé dentro, rugiendo placer.
Sus fesses contra mí, aliento corto, olor a sexo impregnando el aire. Polla suya rozando mi vientre, dura como piedra. Me volteó, me masturbó mientras yo la follaba el culo. —Más profundo —suplicó.
Noche entera: la chupé, miel en mi boca. Me folló ella, tetas calientes en mi espalda, invadida, gozando. Gritos, improvisación jazz. Mañana, en la cama, se la mamé de nuevo, semen en mi barbilla, luego anal rápido.
Agotados, vino blanco. Silencio feliz. Cuerpos pegados, sudor seco, recuerdos ardiendo. Raïssa volvería pronto, pero esta semana… uf, inolvidable. Su polla en mi culo, mi sumisión, orgasmos salvajes. Fatiga dulce, sonrisas. Olor a nosotros en las sábanas. Quiero más.