Confesión ardiente: mi polvo salvaje en la clínica psiquiátrica

Estaba en esa clínica psiquiátrica de mármol, perdida en medio de la nada. No es un lugar para confesiones, pero aquí va la mía, fresca como si acabara de pasar. Lo vi el primer día: un tipo alto, con ojos que me taladraban. Caminaba solo, como yo, entre caras grises y almas rotas. Sus manos fuertes, su forma de mirarme… uf, me mojé al instante. Llevaba vestidos cortos que marcaban mis curvas, y él no quitaba la vista. No hablábamos, solo miradas que quemaban. La clínica era un nido de amores prohibidos: parejas se tocaban a escondidas, gemían bajito. Yo, con mis pulsiones locas, necesitaba sexo constante. Conté a extraños, follaba y los dejaba. Pero él… él era diferente. Me acerqué un día: ‘Hola’, dije simple. Sonrió, y en horas me abrió su alma. Él huía de tentaciones navideñas, yo de mi hambre de polla. ‘Quiero placer que dure’, me dijo. Yo reí: ‘Prueba conmigo’. La tensión crecía. Lo observaba bailar con música en el parque, su culo firme. Quería controlarlo, hacerlo mío. Un atardecer, en un banco bajo el árbol, tomé su mano. Se acercó, su aliento caliente en mi cuello. Olía a hombre, a sudor limpio. Mis pelos rojos rozaban su cara. ‘Maria…’, murmuró. Nuestras bocas se rozaron, beso suave, pero con fuego debajo. Su lengua entró, dulce, y mi coño palpitó. Sabía que estaba prohibido, nos podían echar. Pero la razón… se fue a la mierda. Su mano en mi muslo, yo jadeando ya.

Sus pies en mis piernas esa noche, en el salón. Vestido negro corto, medias transparentes, tacones quitados. Se recostó, piernas largas sobre él. Yo subí los pies, rozando su paquete. ‘¿Qué haces?’, balbuceó, pero su polla se endureció bajo el jean. La froté suave, con las puntas, como bailarina. Su corazón latía fuerte, lo sentía. Bajé la mano a mi tanga, húmeda ya. Él me tocó la piel, caliente, suave. ‘Maria, joder…’, gemí yo. Beso profundo, labios mojados, su lengua chupando la mía. Endorfinas explotando. Me llevó a la sala de billar, vacía, noche profunda. Infirmieras lejos. Nos agarramos de la mano, piel en piel sin parar. Contra la pared, le bajé la braguette. Su polla saltó, dura como la taco del billar. Gorda, venosa, cabeza roja brillando. La agarré, masturbé fuerte. Él liberó mis tetas, grandes, pezones duros. Las besó, mordió, chupó. ‘¡Sí, así!’, grité bajito. Respiraciones cortas, sincronizadas. Bajé la tanga empapada, coño chorreando. Metí sus dedos en mi raja, resbaladiza, caliente. Se giró, frotó mi culo con su glande. ‘Fóllame ya’, le rogué. Me agaché sobre el billar, codos apoyados, espalda arqueada. Él entró de un empujón, polla llenándome entera. ‘¡Joder, qué apretada!’, gruñó. Embestidas brutales, piel contra piel, chapoteo de mi coño. Olía a sexo, a sudor, a deseo puro. Agarré sus caderas, clavando uñas. ‘Más fuerte, cabrón’. Ritmo salvaje, bolas golpeando mi clítoris. Gemía, él jadeaba en mi oreja. Sudor goteando, tetas bamboleando. ‘¡Me corro!’, avisó. ‘¡Córrete dentro, lléname!’, supliqué a medianoche. Aceleró, polla hinchada, y explotó. Leche caliente inundándome, espasmos. Yo vine segundos después, coño contrayéndose, chorros mojando el tapete.

La chispa que encendió el fuego

Después… uf, piernas temblando, nos vestimos riendo. Fatiga buena, esa que pesa delicioso. Caminamos a mi cuarto, su brazo en mi cintura, piel aún caliente. ‘Mañana más’, susurré. El recuerdo quema: su polla palpitando dentro, mi coño lleno de su corrida, olores mezclados. Me cambió, me dio ganas de más que un polvo rápido. Pero soy así, tigresa. Mañana, nueva sorpresa. ¿Sobrevivirá él a mis juegos?

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