Ay, chicas… aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Vivía en Toulouse con mi amor, un hombre de 45 que me dominaba como nadie. Yo, Ana, 32 años, morena, con curvas que volvían loco a cualquiera. Alquilamos una habitación en nuestro piso grande a Marie, una chiquilla rubia de 20, flaca, tímida pero con ojos que prometían fuego. Pagaba poco, limpiaba mal… pero cenábamos juntos. Su piel olía a juventud, fresco, y poco a poco, las confidencias fluyeron.
Anne… digo, Marie, nos contó que soñaba con ser sumisa. ‘Quiero un harén, estar siempre lista para que me usen’, dijo ruborizada. Mi hombre y yo nos miramos. La tensión crecía. Nuestros besos se volvían más largos con ella cerca, su aliento corto cuando nos veía. Una noche, eh… no aguantamos. ‘Ven a nuestra cama, Marie’, le dije. Se desnudó, se arrodilló, rodillas abiertas, culo en pompa. ‘Muéstranos lo que es nuestro’, ordenó él. Temblando, se puso a cuatro patas, abriendo su coñito rosado, su culito virgen. El olor a sexo ya flotaba, caliente, húmedo.
La tensión que nos volvió locos
La primera vez fue tierna, pero después… uf. Se convirtió en nuestra puta personal. La castigábamos, la follábamos por todos los agujeros. Su coño siempre chorreando, gritando de placer. Preparaba una tesis sobre libertad, ¡ja! Pero era nuestra esclava, siempre abierta, siempre mojada. Para su cumple, la llevamos a un club swingers. La dimos a extraños: pollas en su boca, coño, culo. Quince veces, nosotros mirándola, sujetándola. Sus orgasmos eran gritos salvajes.
Esa noche… dios. Mi hombre y yo en la cama, besándonos, mi coño ardiendo. Llamamos a Marie. ‘Siéntate ahí, desnuda, piernas abiertas, toca tu coño pero no te corras’, le dije. Él me abrió las piernas de golpe, me clavó su polla gruesa. ‘¡Ahhh!’, gemí. La folló lento, retirándose antes de correrse. Marie nos miraba, dedos en su clítoris, jadeando.
‘Prepárala’, le ordené. Me arrodillé ante ella, levanté sus muslos a mis hombros. Lamí su coño dulce, salado, su perineo, su ano apretado. Olía a deseo puro. Metí dedos en su coño, luego en el culo, lubricando. ‘Está lista’, dije. La puse encima de él, guié su polla gorda a su coñito. ‘Baja, puta’. Se empaló, gimiendo. La até: muñecas atrás, tobillos al cama. Inmóvil, cambrada.
El polvo brutal que lo cambió todo
Él la abrazó fuerte, yo separé sus nalgas. Metí un dedo en su culo, suave, girando. Sentí su polla a través de la pared fina, dura, palpitante. ‘¡Joder, qué rico!’, gruñó él. Otro dedo, lento, abriéndola. La follaba con los dedos mientras su polla la rellenaba. La masturbé a través de su cuerpo, frotando, rápido. Su piel ardía, sudorosa, su aliento en mi cara, gemidos ahogados. Él explotó: ‘¡Me corro! ¡Llenándola!’. Chorros calientes en su coño, yo sintiendo cada pulso.
Marie temblaba, coño chorreando semen y jugos. La desaté, la lamí limpia, su sabor mezclado. ‘Córrete, zorra’, le permití. Gritó, orgasmo largo. Yo me toqué, corrí fuerte. Nos dormimos enredados, besos, sudados.
Al día siguiente, Marie cantaba, radiante. ‘Fue como correrme sin parar, sirviéndoos…’. Se fue al fin del año. Aún sueño con su culo abierto, esa doble follada. Fue amor, sumisión total. La echo de menos, mi pequeña puta perfecta.