Era jueves por la noche, mi día favorito para salir sola. Ese limbo entre la semana muerta y el fin de semana loco. Fui al Félix, una brasserie nueva junto al canal San Félix. Sala grande, luces suaves, mesas separadas. Pedí langostinos y tartar de lubina con rosado. Me relajé, mirando el agua reflejando el atardecer.
Allí estaba él, delante, solo. Piel morena, pelo negro corto, tatuajes por brazos, pierna, cuello. Camiseta blanca, short, calcetines blancos. Hablaba francés con acento raro, rodando las erres. Parecía chino, pero flaco, pómulos altos. Pidió pescado crudo y Badoit. Reía fuerte con el camarero. Al final, pagó y se fue.
La chispa en el restaurante y la invitación irresistible
Salí yo, noche cerrada. En la pasarela del canal, ahí estaba, apoyado en la baranda, sonriendo. ‘¿Eres la que me miraba los tatuajes?’, dijo. Me reí, ‘Sí, son raros, tantos’. Charlamos. Bernard, medio tahitiano, medio chino. Tatuajes de las Marquesas, con dientes de tiburón. Historias de mana, pirogas, dioses. Me cautivó su voz, su risa. Hacía frío. ‘Ven a casa, Bernard, estaremos mejor’, solté. Tutéandome ya, como en su isla.
Caminamos por la orilla. Me contó del fiu, la pereza polinesia. Yo de mi vida, marido viajero, hija en la uni. Llegamos a mi casa en la isla Sainte Anne, jardín secreto. En el salón, Coca para él, agua para mí. Se quitó zapatos, como en su faré. Se tumbó en el sofá, camiseta arriba, tatuajes al aire. ‘Tócame, popaa’, dijo juguetón. Mi dedo siguió líneas: raia manta, tiburones, tortugas. Luego mi mano… piel caliente, suave, sin un pelo. Lo acariciaba. Silencio. Mi palma bajó a su pecho. Me pegué a su espalda. Corazón latiendo fuerte. La razón… puff, se fue.
El polvo salvaje: polla dura en mi culo virgen
Lo llevé arriba. Ducha rápida, cama king size, luces off. Se metió desnudo, cuerpo bronce. Nos pegamos, piel sudada. Sus manos lentas por mi espalda, culo. Me puse a cuatro patas. ‘Quédate quieta’, murmuró. Besos en nalgas, lengua en mi raja. Mi coño chorreaba. Cogió su polla, dura como hierro, normal pero gruesa. Me rozó el clítoris. ‘Entra ya’, gemí. Me follo despacio, vaginal primero. Sus caderas lentas, manos en mis tetas. Aceleró, palmadas en culo. Olía a sexo, sudor salado. Mi aliento corto, ‘Más fuerte, joder’.
Me sacó, lubricó con mi jugo. Dedo en mi ano virgen. ‘Relájate, vahine’. Dolor pinchazo, pero caliente. Otro dedo, masaje. Su polla en mi entrada. Presión suave. Cedí, entró la cabeza. Brújula ardiente. ‘Duele… no pares’. Despacio, centímetro a centímetro. Lleno total. Movimientos suaves, luego salvajes. Me follaba el culo como un animal. ‘Tu ojete es mío’, gruñó. Yo gritaba, ondas en vientre. Polla hinchada, bolas contra mi coño. Sudor goteando, cama temblando. Eyaculó dentro, chorros calientes. Yo squirté, piernas temblando, olor a semen y coño.
Caímos exhaustos. Cuerpos pegajosos, respiraciones jadeantes. Me limpió con toalla, tierno. ‘Mauruuru’, susurró. Se fue al alba, beso en nuca. Quedé sola, culo palpitando, feliz cansada. Recuerdos: su polla abriéndome, placer prohibido. Marido llamó, mentí resaca. Ahora, cada noche revivo ese fuego. Quiero más.