Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Soy Juanita, de una granja en el campo español, viuda joven pero con el fuego vivo dentro. Mi sobrino Jerónimo llegó de la ciudad hace unos días, con esos ojos intensos y el cuerpo marcado por el gimnasio. Lo abracé al llegar, y sentí su pecho duro contra mis tetas, su aliento cálido en mi cuello. ‘Tía, qué calor hace aquí’, murmuró, y yo… joder, mi coño se contrajo solo. La granja huele a tierra y sexo, porque mi difunto marido había empezado con esos conejos modificados por un amigo científico. Bestias obsesionadas, follando sin parar.
Esa tarde, lo llevé a la cuadra. Los conejos… Dios, eran unos putos pervertidos. Un macho enorme, Chris lo llamaban, con una polla violácea de diez centímetros tiesa todo el día, montando hembras una tras otra. ‘Mira cómo la mete, sin piedad’, le dije a Jerónimo, mi voz temblando. Él se acercó, su mano rozó mi cadera por ‘accidente’. Sentí el calor de su piel, el sudor bajando por su espalda. Mi respiración se aceleró, pezones duros como piedras bajo la blusa. Olía a su colonia mezclada con el almizcle de los animales. ‘Tía, esto es… excitante’, balbuceó, y vi el bulto en sus pantalones. Intenté resistir, pero el deseo ardía. Una hembra lesbiana lamiendo a otra, gemidos de conejos… Mi braguita estaba empapada, el clítoris palpitando. ‘No puedo más, Jerónimo… me estás volviendo loca’. La razón se rompió ahí, en ese hedor a sexo animal.
La chispa que encendió el fuego
Lo arrastré a la paja fresca, detrás de las jaulas. ‘Quítate todo, cabrón’, le ordené, voz ronca. Le bajé la cremallera, su polla saltó fuera, gruesa, venosa, goteando precum. ‘Joder, qué verga tan grande’, gemí, arrodillándome. La lamí desde las bolas pesadas hasta el glande hinchado, sabor salado en mi lengua. Él gruñó, ‘Tía… ay, chúpamela toda’. Me la tragué hasta la garganta, babas chorreando, mientras mis dedos se clavaban en su culo firme. Me levantó, rasgó mi falda, ‘Tu coño está chorreando, puta’. Me tumbó en la paja, abrió mis piernas. Su lengua atacó mi clítoris, succionando fuerte, dedos metiéndose en mi chocho húmedo, chapoteando. ‘¡Sí, lame mi coño, más profundo!’ grité, caderas arqueadas.
El clímax brutal y el dulce agotamiento
No esperó. Me clavó esa polla brutal de un empujón, llenándome hasta el fondo. ‘¡Fóllame duro, sobrino, rómpeme!’ jadeé. Embistió como un animal, piel sudada chocando, tetas rebotando. Olía a sexo puro, su sudor en mi cara, mis uñas arañando su espalda. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, su verga golpeando mi útero. ‘Me vengo… ¡agárrate!’ rugió, y sentí su leche caliente explotando dentro, chorros interminables. Yo exploté también, coño contrayéndose, chorros de jugo empapándonos. Gritos ahogados, mordidas en hombros, temblores.
Caímos exhaustos, jadeando en la paja. Su semen goteaba de mi coño, mezclado con mi miel. Lo besé lento, saboreando el sudor salado. ‘Ha sido… increíble’, murmuró, acariciando mi piel ardiente. Yo sonreí, piernas flojas, cuerpo pesado de placer. Ahora, cada noche recuerdo esa polla dentro, el olor, los gemidos. El deseo animal nos poseyó, y volvería a caer. ¿Quién no?