¡Dios, qué calor ese día en las montañas detrás de Niza! Mi marido había organizado otro pique-nique con Stéphane, Estelle y sus niños. Los míos corrían como locos jugando al fútbol entre los pinos, riendo a carcajadas. Yo acababa de llegar de España, bronceada y cachonda después de días sin follar. Stéphane estaba allí, ese moreno de 40 años, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que me ponía la piel de gallina.
Nos sentamos a vigilar a los peques desde las rocas. Yo llevaba mi falda blanca cortita, esa que a mi marido le vuelve loco, sin bragas debajo porque… bueno, intuía algo. Él se acomodó enfrente, con las piernas abiertas. Hablábamos de tonterías, del paisaje, pero mis ojos bajaban a su paquete. Se notaba la polla dura marcándose en el short. El sol pegaba fuerte, el rosado nos había soltado la lengua. ‘Hace calor, ¿eh?’, le dije, abanicándome. Él tragó saliva, ‘Sí, mucho…’. Vi cómo me miraba las tetas, generosas y libres bajo la blusa desabotonada.
La chispa inicial y la tensión que me quemaba
Me subí la falda un poco, fingiendo ajustar la posición. Mi coño rasurado brillaba ya de humedad, el aire fresco me erizaba. Él no paraba de removerse, la erección crecía. Nuestro peque vino un momento, lo abracé juguetona, moviendo las piernas adrede. Cuando se fue, lo pillé mirándome fijamente. ‘¿Te gusta lo que ves?’, le solté bajito, con voz ronca. Se puso rojo, ‘Joder… eres increíble’. La tensión era un fuego. Mi clítoris palpitaba, olía a mi excitación. No aguantaba más, la razón se iba al carajo.
Me levanté, ‘Ven, vamos detrás de ese bosquecillo, no vaya a ser que los niños…’. Él me siguió, jadeando ya. Nos escondimos, el corazón a mil. ‘Quítate el short’, le ordené, audaz como nunca. Dudó un segundo, ‘¿Estás segura?’. ‘¡Sí, coño, muéstrame esa polla!’. Se la bajó, ¡madre mía! Larga, fina, con un glande enorme, morado, goteando precum. Yo me quité la falda del todo, abrí las piernas contra un árbol. ‘Mírame, estoy chorreando por ti’. Me toqué el coño, resbaladizo, metiendo dedos, gimiendo bajito.
El estallido de pasión cruda y sin frenos
Él se masturbaba furioso, la mano volando sobre esa verga tiesa. ‘Joder, qué coño tan perfecto… déjame olerte’. Le tiré mi tanga blanca, empapada. La olió como un lobo, gruñendo, ‘Hueles a sexo puro’. Yo me frotaba el clítoris hinchado, introducía dedos en mi ano y coño alternando. ‘¡Fóllame con los ojos, haz que me corra!’. Su glande se hinchaba, violeta, listo para estallar. De repente, ‘¡Me vengo!’, rugió, y chorros calientes de lefa le salpicaron la mano, el suelo, mi tanga. Yo exploté, ‘¡Aaaah, síii!’, contrayéndome, jugos bajándome por las piernas.
Pero no paró. Me giró, me apoyó en el árbol. ‘Ahora te follo de verdad’, jadeó. Su polla, aún dura, entró en mi coño de un empellón. ‘¡Joder, qué apretada!’, gruñó. Me taladraba, piel contra piel sudada, el calor sofocante, su aliento en mi cuello. Olía a sudor, a sexo crudo. Sus huevos me golpeaban el culo, mis tetas rebotaban. ‘Más fuerte, rómpeme el coño’, le supliqué. Me pellizcaba los pezones duros, me mordía el hombro. Gemía entre dientes, ‘Vas a hacer que me corra otra vez dentro’. Y lo hizo, llenándome de semen caliente mientras yo chillaba mi orgasmo, temblando.
Después, nos vestimos a prisa, riendo nerviosos, piernas flojas. Bajamos como si nada, caras sonrojadas, el cuerpo pesado de placer. Los niños jugaban ajenos, mi marido y Estelle charlaban. Esa noche reviví cada segundo: su polla palpitando, mi coño ardiendo aún, el olor pegado a la piel. Qué felicidad agotada, qué secreto ardiente. Quiero más.