Dios, aún tiemblo al recordarlo. Soy María, rubia, madre de tres locos, divorciada de ese cabrón infiel. Sophie, mi doble morena, viuda, con su bebé… que resultó ser de mi ex. Al principio quise matarlos. Pero el tiempo cura, ¿no? Nos reconciliamos en el súper, riendo de la ironía. Sus ojos, su sonrisa… y ese cuerpo cambiado por el embarazo, curvas más llenas, pechos hinchados. La invité a vivir conmigo. ‘Solo unos días’, dije. Pasaron semanas. La casa grande, los niños felices con su ‘nuevo hermano’. Pero entre nosotras… algo crecía.
Cada noche, después del baño de los pequeños, el vapor llenaba el baño. Sophie desnudaba al crío, yo a los míos. Sus tetas goteaban leche, pezones oscuros, duros. La veía inclinarte, ese culo redondo, la marca en la nalga del bebé… igual que en mis hijos. Me mojaba sin querer. ‘¿Estás bien, Mari?’, preguntaba ella, con voz suave. Yo, ‘Sí, sí… solo cansada’. Mentira. Su olor, mezcla de jabón y algo dulce, femenino, me volvía loca. Una noche, copa de vino en mano, solos en el sofá. Los niños dormían arriba. Hablamos de hombres, de lo que nos follaban antes. ‘Tu ex era un dios en la cama, ¿eh?’, soltó ella, riendo. Yo me acerqué, ‘Pero tú… estás tan… caliente ahora’. Silencio. Nuestras rodillas se tocaron. Su mano en mi muslo. ‘Mari, yo… nunca con una mujer’. Mi corazón latía fuerte. La tensión, joder, insoportable. Su aliento en mi cuello, cálido. ‘No pienses’, murmuré. Nuestros labios se rozaron. Dudó un segundo… y la razón saltó por la ventana.
La chispa que encendió el fuego
Sus tetas contra las mías, duras, pesadas. La besé con hambre, lengua dentro, saboreando su saliva dulce. ‘Ay, Sophie… fóllame’, gemí. Me arrancó la camiseta, chupó mis pezones, mordiendo suave. Yo bajé su pantalón, su coño… depilado, hinchado de deseo, ya empapado. ‘Mírate, puta mojada’, le dije, metiendo dos dedos. Jadeó, ‘¡Sí, más!’. La tiré al sofá, abrí sus piernas. Su clítoris erecto, rosado. Lamí despacio, saboreando su jugo salado, espeso. ‘¡Oh Dios, Mari, no pares!’. Metí la lengua profundo, follándola con ella mientras mis dedos abrían su ano apretado. Se corrió gritando, leche salpicando de sus tetas. La monté, coño contra coño, frotando duro. Sudor, calor, olor a sexo puro. ‘¡Fóllame más fuerte!’, exigió. Nuestras caderas chocando, clítoris rozando, resbalosas. Le metí tres dedos en el coño mientras le chupaba el culo. Otro orgasmo, convulsionando. Yo encima, ella lamiéndome el ano, dedos en mi chochito. ‘¡Me corro, joder!’. Explosión, jugos por todos lados.
Caímos exhaustas, pegadas, sudor frío ahora. Su cabeza en mis tetas, respirando agitada. ‘Nunca… tan intenso’, susurró. Yo, acariciando su pelo húmedo, ‘Fue… perfecto. Tu coño sabe a gloria’. Reímos bajito, besos suaves. El recuerdo quema aún: su piel ardiente, gemidos roncos, ese olor a corrida lesbiana. Ahora, cada noche esperamos que los niños duerman. Somos amantes, secretas, salvajes. ¿Quién iba a decir que la traición acabaría así? Deseo puro, sin tabúes.