Ay, Dios… Aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Fue el lunes pasado, 8 de septiembre. Yo, Marisol, siempre llego tarde por mi maldita costumbre. Ese día, en un atasco infernal, choqué de leve con la berlina alemana del jefe. Bajó él, Ricardo Darville, alto, cuarentón imponente, con esa mirada que te desnuda. ‘¿Olvidaste frenar?’, me soltó con sorna. Le grité que no, que él había frenado fuerte. Mi parachoques colgaba roto, su coche intacto. Me dejó ahí, furiosa, sudando.
Llegué al edificio de Darville Impresiones con media hora de retraso. En la recepción, la morena me indicó el camino. Subí, choqué con un torpe rubio de gafas, François, que me manoseó un pecho sin querer. ‘Perdón’, balbuceó rojo como tomate. Luego, en el despacho, apareció él. Mi jefe. Me reconoció al instante. ‘¿El chalado eras tú?’, gruñó. Intenté disculparme, pero su mirada bajaba a mi escote. Ese día, por prisa, me puse el sujetador de mi hermana, demasiado pequeño. Se rompió en el baño después de una bronca con la RRHH. Me lo quité. Mis tetas libres bajo la blusa, pezones duros rozando la tela.
La chispa que encendió todo
Al día siguiente, puntual por milagro. En el ascensor, con una pelirroja estirada, entró él. ‘Buenos días, señor Darville’, dije juguetona. Se puso rojo, evitó mirarme. Sentí su tensión. Bajé primero, pero oí a la pelirroja: ‘¿Qué es esa?’. Corrí a mi mesa. Todo el día, sus ojos sobre mí. En la documentación, solos un momento por una avería de luz. Su mano rozó mi cintura. ‘Marisol, ese choque… no fue casual’, murmuró. Mi coño se mojó al instante. Olía a su colonia, a macho. ‘Jefe, yo…’, susurré. Su aliento caliente en mi cuello. La razón se fue a la mierda. Lo empujé contra las estanterías.
Me besó brutal, lengua invadiendo mi boca, manos amasando mis tetas. ‘Joder, qué pezones tan duros’, gruñó arrancándome la blusa. Chupó uno, mordió suave, yo gemí bajito. ‘Shh, calladita o nos pillan’, pero su polla ya dura contra mi muslo. Bajé la cremallera, saqué esa verga gruesa, venosa, palpitante. ‘Mira lo que me haces’, dijo. Me arrodillé, la lamí desde la base, tragué la cabeza babosa. Él jadeaba, ‘Sí, chúpamela toda, puta’. La metí hasta la garganta, saliva chorreando, sus pelotas en mi barbilla.
El clímax sin frenos
Me levantó, skirt arriba, braga a un lado. Mi coño chorreaba, labios hinchados. ‘Estás empapada, zorra’, metió dos dedos, me folló con ellos, pulgar en el clítoris. Grité ahogado. ‘Quieta’, me dio la vuelta, contra el estante. Polla en mi entrada, embestida de golpe. ‘¡Ahhh!’, llena hasta el fondo. Me taladraba, cachetes resonando, tetas botando. ‘Más fuerte, joder, rómpeme’, supliqué. Sudor mezclado, olor a sexo puro. Me corría ya, coño contrayéndose, chorros en sus huevos. Él aceleró, ‘Me vengo, toma mi leche’. Lechada caliente inundándome, goteando piernas abajo.
Caímos exhaustos en el suelo polvoriento. Él besó mi cuello, ‘Eres increíble’. Yo, piernas temblando, coño palpitante lleno de su semen. Sonreí, fatiga dulce. ‘Esto no acaba aquí, jefe’. Salimos como si nada, pero su mirada prometía más. Ahora, cada vez que lo veo, mi coño palpita recordando esa follada brutal. Qué adicción.