¡Dios, todo pasó tan jodidamente rápido! Era enero, en una manif en Madrid. Los antidisturbios cargaban como locos, y ahí estaba él, Pablo, un chico de ojos grandes y pelo revuelto, acurrucado en el suelo gritando. Lo vi de lejos, con su camiseta ajustada marcando el pecho, y algo me removió por dentro. Me acerqué, lo agarré del brazo. ‘¡Venga, levántate, no pasa nada!’, le dije. Temblaba, sudado, con ese olor a miedo y hombre que me puso la piel de gallina.
Lo llevé a mi piso, a unas calles. No hablaba mucho, solo balbuceaba sobre lo cobarde que era. ‘Siempre me pasa, soy un marica…’, repetía, mientras sus labios rojos se movían. Yo lo calmé, le di un abrazo. Sus manos en mi cintura, calientes, y de repente, el silencio. Nuestras miradas se clavaron. Sentí su polla endureciéndose contra mi muslo. ‘¿Estás bien?’, le pregunté, rozando su cuello con los dedos. Él tragó saliva, ‘Sí… pero tú… eres tan…’. No terminó. La tensión era insoportable, el aire cargado de deseo. Sus pechos subían y bajaban rápido, mi coño ya empapado. Intenté razonar, pero joder, su aliento caliente en mi oreja… La razón se fue a la mierda.
La chispa inicial y la tensión que estalla
Sus manos subieron por mis muslos, torpes al principio. ‘¿Puedo?’, murmuró. Le arranqué la camiseta, besé su pecho salado. Olía a sudor y excitación. Se dejó caer en la cama, yo encima. ‘No soy valiente ni para esto…’, dijo riendo nervioso. Le bajé los pantalones, su polla saltó dura, venosa, goteando precum. ‘Mírala, qué rica’, gemí, lamiendo la punta. Él jadeó, ‘¡Joder, qué lengua!’. Le chupé las bolas, succionando fuerte, mientras mis dedos abrían mi coño chorreante. Estaba ardiendo, resbaladizo.
El clímax brutal y el éxtasis sin frenos
No aguanté más. Me subí a horcajadas, froté su polla contra mis labios hinchados. ‘Fóllame ya’, le ordené. Empujó, entrando de golpe. ¡Ay, la hostia! Llenándome entera, gruesa, palpitante. Grité, clavando uñas en su pecho. Él me agarró las tetas, pellizcando pezones duros. ‘¡Más fuerte, cabrón!’, le supliqué. Me embistió salvaje, el colchón crujiendo, piel contra piel chapoteando. Sudor goteando, su aliento corto en mi cuello. Cambiamos, él encima, piernas abiertas, polla hundiéndose hasta el fondo. ‘Tu coño aprieta tanto… me vas a hacer correrme’, gruñó. Yo arqueé la espalda, ‘¡Dame todo, lléname de leche!’. El olor a sexo impregnaba la habitación, jugos mezclados, gemidos roncos. Me corrí primero, convulsionando, chorros calientes salpicando su polla. Él rugió, explotando dentro, semen caliente inundándome, desbordando.
Después… uf, exhaustos, pegajosos. Nos quedamos tirados, respirando agitados. Su cabeza en mis tetas, caricias suaves. ‘Ha sido… increíble’, murmuró, besando mi piel húmeda. Yo sonreí, piernas temblando aún. ‘Eres un cobarde delicioso’. La fatiga feliz nos envolvió, cuerpos entrelazados. Recuerdo su polla aún semi-dura contra mí, el sabor salado en mi boca, el ardor en mi coño. Cada detalle quema: la curva de su verga, mis contracciones apretándolo, ese orgasmo que me dejó ida. Fue puro fuego, deseo total. Ojalá vuelva esa manif…