Mi primera vez con él: pasión salvaje en un callejón oscuro

Dios, qué ganas de contároslo todo. Acababa de cumplir 17 y era virgen, pero curiosa como el demonio. Lo conocí por amigos comunes, un chico tímido de ojos brillantes, con esa hambre de novato que me ponía cardíaca. Pelo negro azabache el mío, ojos verdes profundos como el mar en tormenta. Paseábamos por las calles, besándonos cada dos por tres. Sus labios suaves, mi lengua juguetona enredándose con la suya. Parábamos en bancos, contra muros, en escalinatas. Cada beso más largo, más húmedo. Mi cuerpo ardía, notaba mi coño empezando a mojarme la braguita.

Llegamos a un callejón viejo, desierto. Nos sentamos en unas escaleras frías. El aire olía a piedra húmeda y a nosotros, a sudor joven. Me miró nervioso, y yo sonreí, picarona. ‘¿Quieres tocar?’, le susurré al oído, mi aliento caliente en su cuello. Su mano temblorosa se coló bajo mi sudadera. Dudó un segundo… y ahí fue. Tocó mi sujetador de algodón, carreaux rojos y blancos, que aún recuerdo. Empujó la tela, liberó mi teta pequeña, firme. Sus dedos fríos contra mi piel caliente. El pezón se endureció al instante, como una piedrecita tiesa. Lo pellizcó suave, y gemí bajito. ‘Shhh… ¿está bien?’, murmuró rojo como un tomate. ‘Más… sigue…’, jadeé, arqueando la espalda.

La chispa inicial y la tensión insoportable

Sus manos everywhere: una en mi teta, la otra bajando por mi espalda, rozando el nacimiento de mi culo. Ese sitio mágico que me hace temblar. La tensión crecía, mi coño palpitaba, empapado. Quería más, joder. Él desabrochó mi vaquero torpe, tardó una eternidad, mirando alrededor asustado. Reí suave. ‘Tranquilo, amor…’. Su mano en mi braguita, notó la humedad pegajosa. ‘Estás… tan mojada…’, susurró asombrado. Metió los dedos, primero mi monte de Venus rasurado, luego… tocó mi clítoris hinchado. Salté. ‘¡Ay, sí! Ahí…’. Olía a sexo ya, ese aroma dulce y salado que me vuelve loca.

La razón se fue a la mierda. Su dedo entró en mi coño virgen, caliente como un horno, resbaladizo. Lo movía inseguro, pero dio con mi punto G por pura suerte. ‘¡Joder, no pares!’, grité bajito, clavándole las uñas en el cuello. Me agitaba, el placer subiendo como una ola. Él chupaba mi cuello, sudado, mientras me masajeaba las tetas. No coordinaba bien, pero su torpeza me excitaba más. Explosé en silencio, mordiéndome el labio, el coño contrayéndose alrededor de su dedo. Chorros de jugo en su mano. Me dejó caer en su hombro, jadeando. Sacó los dedos, los lamió. ‘Sabe… delicioso’, dijo con voz ronca. Yo le robé un dedo, lo chupé, saboreando mi propia leche dulce.

El clímax brutal y el fuego del deseo

Pero no paró ahí. Mi primera follada, cruda y rápida. ‘Quiero tu polla dentro’, le rogué, desabrochándole el pantalón. Estaba dura, palpitante, virgen como yo. La piel suave, venas marcadas, oliendo a macho joven. Me bajé la braguita a los tobillos, abrí las piernas en esas escaleras. Él se colocó, temblando. ‘¿Segura?’, ‘¡Fóllame ya!’. Entró despacio, rompiendo mi himen con un pinchazo ardiente. ‘¡Au… pero sigue!’. Su polla gruesa me llenaba, caliente, estirándome. Empezó a bombear, torpe al principio, luego salvaje. Mis tetas rebotando bajo la sudadera, su aliento corto en mi oreja. ‘Tu coño… tan apretado…’. Yo gemía: ‘Más fuerte, joder… ¡rómpeme!’. Sudor goteando, el callejón eco de carne contra carne, chapoteo de mi coño empapado. Él gruñía, yo arañaba su espalda. El orgasmo nos pilló juntos: su leche caliente llenándome, mi coño ordeñándolo todo. Se corrió gimiendo mi nombre.

Después… uf, exhaustos. Me acurruqué en su pecho, piernas temblando, coño dolorido pero feliz, goteando semen. Respirábamos hondo, el aire fresco calmando el fuego. ‘Ha sido… increíble’, murmuró besándome la frente. Sonreí, sabiendo que recordaría su polla dura, su olor, ese placer brutal para siempre. Aún me mojo contándolo.

Leave a Comment